Yo también estoy pensando en el final

Cuántas veces hemos escuchado que la belleza de una película generalmente radica en su complejidad… No es un error suponerlo en algunas ocasiones, sin embargo, caer en ese generalismo, como en cualquier otro, sería un error. La complejidad de una obra no es sinónimo de su belleza y ejemplo claro de ello es “Pienso en el final” del director Charlie Kauffman.

La historia sigue a Lucy, quien se encamina en un viaje en carretera con su novio para conocer a los padres de este, una vez que los conoce, seremos inmersos en un viaje en tiempo y espacio a lo largo de las diferentes etapas de la vida de los personajes; paralelamente, el director expone el día a día de un intendente de preparatoria y, como ya habrán leído o escuchado, la película es compleja; como cualquier otro metraje del director, representa un reto para su audiencia, sin embargo, a diferencia de sus otros largometrajes, el error de esta película estriba precisamente en su complejidad. El estudio conjunto de la obra en la que se basa, algunas suposiciones y confirmaciones de las lecturas que otros espectadores dan a la película, permiten asumir que la historia no es más que un viaje al interior de la mente de ese conserje solitario de preparatoria, y no es que esa mente no pueda ser compleja, por el contrario, la premisa promete ser interesante, sin embargo, el argumento se vuelve sumamente tedioso de ver, por no decir aburrido, al volverlo prácticamente imposible de entender; y el simple hecho de tener que recurrir a bibliografía y elementos externos para entender la intención del filme, me parece que lo vuelve totalmente fallido.

Haciendo propios en diversas ocasiones extractos de las obras de diversos exponentes de la literatura, como el poeta Goethe, el ensayista y novelista David Foster Wallace y la crítica de cine Pauline Kael, entre otros, sin siquiera conceder la cortesía de reconocer su autoría en los pensamientos, Kauffman puede ser un poco pedante al mostrar tales extractos en las secuencias que parecen ser las “profundas” de su metraje, perdiendo la oportunidad de dar voz propia a su personaje al convertirlo en un cúmulo de ideas de otros pensadores; me hizo falta conocer la propia identidad del protagonista, situación que se echa de menos de sus otros filmes. Y si la intención era convertirlo en una reducción de pensamientos ajenos, la idea resulta vaga y falta de claridad por sumergirse en su pedantería.

De manera personal, rescato aquel monólogo de los primeros 20 minutos, ya que retrata pensamientos muy íntimos, después de eso la película me llevó a cuestionarme si valía la pena seguir invirtiendo tiempo en ella… yo también pensaba en el final. Lo que admito es que me regocija ver la buena aceptación que la película está teniendo en la audiencia, el cambio de paradigma cinematográfico que vivimos comienza a tener efectos y como espectadores cada día nos volvemos más críticos y exigimos mayores retos en las películas que vemos. No me atrapó y sin embargo, aplaudo que el reto planteado por parte de Kauffman sea bien recibido.

Recordemos: no hay verdades absolutas, pero lo que sí es una realidad es que cada día exigimos mejor cine en nuestras salas y pantallas de televisión. ¡Larga vida al cine y al diálogo que se genera en torno a él!

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Guapis