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El sagrado ritual de la comida (parte 4)

Un día como hoy, hace 8 mil 600 años, un panadero del periodo neolítico se disponía a colocar en el horno una hogaza de pan de trigo y cebada. Esto sucedía en un poblado de 8 mil habitantes, en el sur de lo que hoy es Turquía. Esta información, surgida de una excavación realizada en el sitio arqueológico de Catalhöyük, fue difundida apenas hace unos días. Ali Umut Türkcan, jefe de la expedición, solemnemente designó a la mencionada hogaza como “el pan más antiguo del mundo”.

Traigo a cuento esta revelación periodística precisamente porque el jueves pasado argumentaba en este espacio que el pan es una creación netamente humana que data de los albores de la civilización misma, cuando se inventó la agricultura.

Como hemos podido constatar, el trigo y la cebada se cultivaban en el Medio Oriente. En contraste, el maíz, grano nuestro de cada día, se convirtió en el alimento por excelencia en el continente americano, al grado que la narrativa maya estipula que los seres humanos fueron creados por los dioses a partir de esta nutritiva gramínea.

El Popol Vuh relata de esta manera el episodio: “Entonces fueron molidos el maíz amarillo y el maíz blanco, y la Antigua Ocultadora hizo nueve bebidas. El alimento se introdujo [en la carne]… se volvió la esencia de los brazos, de los músculos del hombre… Tales fueron nuestros primeros padres, [tales] fueron los cuatro hombres construidos: ese único alimento [entró] en su carne… esta mazorca entró en fin [en el hombre] por los Procreadores, los Engendradores” (p. 44).

En la literatura latinoamericana, el maíz se convierte en un recurso temático. Tomo prestado un pasaje de “Hombres de maíz” (1949), la espléndida novela de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel guatemalteco: “El convidado se familiariza alrededor de donde se comen los tamales… Tamales mayores, rojos y negros, los rojos salados, los negros de chumpipe, dulces y con almendras; tamalitos con anís y tamalitos de elote… ¡Treme otro, mija!… Las mujeres comían unas como manzanarrosas de masa de maíz raleada con leche, tamalitos coloreados con grana y adornados con olor. ¡Treme otro, mija!” (p. 22).

Asturias no solo se ocupa del proverbial grano en el sentido alimenticio. Inspirado, lo eleva al nivel de lo poético: “Les espera en todas las formas el maíz, en la carne de sus hijos que son de maíz; en la huesa de sus mujeres, maíz remojado para el contento, porque el maíz en la carne de la mujer joven es como el grano humedecido por la tierra” (ibidem, p. 295).

En una entrega de la revista “Arqueología mexicana” (2002) dedicada a la cocina prehispánica, Cristina Barros y Marco Buenrostro resaltan la importancia de la agricultura en la dieta alimenticia de nuestros antepasados: “Los antiguos mexicanos fueron profundos conocedores de la naturaleza y tuvieron una relación armónica con ella… En la milpa desarrollaron las plantas que hicieron posible una dieta equilibrada para la mayoría de los habitantes del México prehispánico. En ella, además de cultivar maíz (más de 40 razas), calabaza, frijol y chile, creció un sinnúmero de plantas” (p. 4).

En la dieta de los habitantes del altiplano mexicano se incluían chachalacas, chichicuilotes, codornices, acamayas, iguanas, coyámetl y pitzolt (cerdos nativos), xoloizcuintle, ayotochtli (armadillo), citli (liebre), tochtli (conejo), mázatl (venado), pochitoque (tortuga), axolmichin (bagre), tzatzapalmichin (mojarra), xiomichin (trucha), escamoles y hormigas chicatanas, entre otros.

(Continuará la siguiente semana)

El sagrado ritual de la comida (parte 3)

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