Del miedo al pánico

Muchos temas vienen a la mente para escribir la opinión hoy, pero hay uno en particular que no me atrevo a tratar y es sobre el amor. Me genera temor, porque del amor todo mundo habla y no falta quien se preste a la polémica sobre su significado y existencia. Quizá sea ansiedad, así como la describe Rollo May (“El dilema del hombre”, 2000): “Es una aprensión desentrelazada por la amenaza a algún valor que el individuo considera esencial para su existencia como persona”.

La ansiedad resulta del temor de perder o de no poder entender o superar algo importante, lo que nos puede causar desde una desilusión hasta un suicidio.

En el tema del amor, ¿habría ansiedad por no poder amar o porque el amor se da en exceso? Quizá habría que tener el corazón helado y la mente seria para tratar estos temas. Aun así, estoy seguro de que se puede disfrutar hablar del amor, a pesar de los temores que causa, pero eso será en otra ocasión.

Ahora, sentir miedo se ha vuelto muy común y parece ya formar parte de nuestra vida. Miedo al amor, a la soledad, a pagar impuestos, a la pandemia, al mañana, al nuevo trabajo, a la gente, a la muerte, a las relaciones estables y duraderas, y a muchas cosas más. Tener miedo ya es una costumbre en todos nosotros, tanto que ni nos damos cuenta de que lo sentimos, pues asumimos lo que somos sin reconocer que no podemos ser como quisiéramos ser.

Para no tener miedo se requiere no considerar las propias necesidades, como el no expresar sentimientos, alejarse de la intimidad y no reconocer la ayuda que se requiere. La defensa del miedo es la ira y la irritabilidad ante aquello que compromete la seguridad y estabilidad psicológica. Aquí, dada la percepción de desamparo que se tenga, aparecen reacciones diversas, características de las ansiedades (evitación, ansiedad generalizada, fobias y respuestas psicosomáticas). Su expresión mayor es el pánico o, como suele llamarse, sentir un ataque de pánico.

Lo que conocemos como ataque de pánico es una expresión de la angustia intolerable, en donde la persona pudiera encontrarse en un estado de indefensión y ocurre una desorganización psíquica y fisiológica de forma momentánea. Ante algún suceso de gran impacto, se puede presentar una respuesta de estupor, mutismo y desconexión del entorno. Muchas veces, la reflexión y la racionalidad no tienen cabida en el actuar de la persona, incrementando la condición de peligro. Recordemos los eventos de terremotos, huracanes o incendios en grandes torres. El tiempo, las sensaciones del cuerpo y la conciencia parecen no tener claridad, aunque se conocen casos en que, ante el pánico, la persona es capaz de actuar de manera heroica y con mucho arrojo.

También, tanto el miedo como la ansiedad y el pánico, pueden generarse por causas que no sean evidentes. Hay que considerar las características psicológicas de la persona como las circunstancias sociales del momento (pandemia, crisis económica, desempleo y movilidad laboral, entre otras), las formas de afrontamiento individual y social, así como la ausencia o presencia de redes de apoyo y contención (familia, amigos, organizaciones e instituciones).

Los trastornos de ansiedad tienen más de 100 años de haberse descrito (Sigmund Freud, 1856-1939) y en la actualidad hay un centenar de técnicas de tratamiento que incluyen las psicoterapias, la medicación psiquiátrica, la oración religiosa, remedios caseros y naturistas, el uso del tiempo de ocio, los grupos de autoayuda, la filosofía y el uso de aplicaciones encontradas en el Internet.

Sea el caso que sea, la ansiedad es una oportunidad para detenernos a valorar la situación en la que nos encontramos y replantear nuestras perspectivas de vida. Lo importante es actuar.

* Psicólogo clínico (UAQ), coordinador de área en Salud Mental y Psicológica de IXAYANA y psicólogo clínico adscrito al Hospital General Regional del IMSS-Querétaro. Ver otras colaboraciones de Saber de-mente.