La enfermedad misteriosa

Cuando una enfermedad es desconocida por sus causas y manifestaciones, se le clasifica como “misteriosa” o “no especifica”, pues no coincide con los síntomas de un diagnóstico conocido. Ocurría, por ejemplo en la Edad Media, con la lepra, la peste negra, la gota o el Fuego de San Antonio y la anorexia (sic). Otro tipo de enfermedades poco conocidas son las llamadas “raras”, que son aquellas que se presentan en menos de cinco personas, como el síndrome de Moebius, la púrpura de Shonlein-Henoch o el síndrome de Marfan, pero este no es el espacio para describirlas. Hay padecimientos que actualmente resulta complicado entender y clasificar, y que, se argumenta, son causados por una histeria colectiva o supuesta intoxicación.

Un par de trastornos mentales que han tenido una evolución en cuanto a sus causas y manifestaciones son la anorexia y la bulimia. Han existido desde la antigüedad, pero tuvieron su auge en la década de los 60 y 70, y se presentaban con mayor frecuencia en chicas jóvenes, universitarias, de un nivel socioeconómico alto. La causa de estos desórdenes era, se decía en esos tiempos, la disfuncionalidad de sus familias. Actualmente, la anorexia y la bulimia en niñas, niños y adolescentes, jóvenes y adultos, mujeres y hombres, en los últimos 20 años, aumentaron 300 por ciento en México, hay 22 mil casos anuales de trastornos alimentarios, principalmente en jóvenes de entre 13 y 18 años, afectan más a las mujeres que a los varones, en proporción de nueve a uno, y las acciones legislativas para emprender una política pública nacional que las prevenga y elimine parecen haber retrocedido dos décadas.

Los factores detonantes de estos principales trastornos de la conducta alimentaria son variaciones neuroendocrinas y genéticas, una desorganización psíquica, así como la insatisfacción corporal, la presión social, los medios de comunicación y las redes sociales que muestran a personas extremadamente delgadas como sinónimo de éxito y fama, lo que incide en el comportamiento de adolescentes y jóvenes.

Cuando una persona no tiene el hábito de ingerir en los alimentos la suficiente cantidad de calorías que su organismo requiere para funcionar adecuadamente de acuerdo con su edad, estatura y ritmo de vida y no realiza la actividad física adecuada para equilibrar su peso corporal, está presentando un foco de alerta para un posible trastorno de conducta alimentaria, pues podría estar comiendo descontroladamente, haciendo dietas rigurosas, provocándose vómitos, abusando de laxantes y diuréticos, etcétera.

Las señales inician desde la infancia, cuando la niña o el niño comienzan a preocuparse por su físico y su peso, y la falta de comunicación impide su detección oportuna.

Los expertos señalan que es fundamental que desde la niñez se regulen los horarios de alimentación, se consuman entre cinco y seis alimentos al día: las tres comidas fuertes más tres o cuatro colaciones, y se eviten lapsos prolongados sin la ingesta de alimentos. Esto ayudará a que los menores tengan hábitos adecuados de alimentación y si hubiese algún problema, corregirlo con terapia cognitivo conductual. Pero los trastornos alimentarios presentan una distorsión cognitiva, de imagen, y conlleva un conflicto psíquico de deseos. Es el dilema de la necesidad y su demanda de ser atendida.

De ser una enfermedad misteriosa, la anorexia y la bulimia llegaron a ser mucho más complicadas y confusas, pues, ligadas a otros trastornos, pueden llevar a la muerte natural o al suicidio. Por eso hay que considerar un estudio y tratamiento desde la interacción de elementos psicológicos, físicos, sociales, antropológicos y culturales. Pero este enfoque multidisciplinario debe, de manera obligada, ser parte de una política pública que responda a estas condiciones sociales y científicas, y considere implementar campañas psicoeducativas a profesionales de la salud, padres y educadores.

Como parte de los programas comunitarios e institucionales de salud mental, se requieren centros de atención y prevención con personal especializado.

* Psicólogo clínico (UAQ), coordinador de área en Salud Mental y Psicológica de IXAYANA y psicólogo clínico adscrito al Hospital General Regional del IMSS-Querétaro. Ver otras colaboraciones de Saber de-mente.