Amor con amor se paga…

Amor con amor se paga, por eso el caudillo recibió el martes pasado en su alcázar a los verdaderos siervos de la nación, a los que pusieron en sus manos ─sin cambiar una coma, ni aceptar ninguna de las mil 994 reservas de la oposición─ el presupuesto que necesita para mantener el próximo año la red de subordinación que nutre su poder político: los recursos para adultos mayores; niñas y niños con discapacidad; jóvenes; campesinos; pescadores; productores de maíz, frijol, arroz y leche; para los fertilizantes gratuitos; para las escuelas; y, por supuesto, para el aeropuerto Felipe Ángeles, el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y para pagar la refinería de Shell que compró en Estados Unidos.

Así, Palacio Nacional ─la sede del poder Ejecutivo federal de México─ se convirtió en territorio de la jurisdicción de un partido político: Morena… pero más aún, en el de un ser todopoderoso.

“¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente!”, aclamaban las y los legisladores de Morena, del Partido del Trabajo y del Verde, sin el menor recato y respeto a la institución que representan… Total, la vergüenza ya la habían perdido el sábado anterior al cantar las mañanitas al presidente en pleno palacio legislativo de San Lázaro, entre globos y un pastel que pasó de mano en mano para ser engullido a mordidas, al grito de: “¡Se ve, se siente, Andrés presidente!”.

Mientras esto sucedía, seguramente Montesquieu se estremecía en el más allá intentando gritar: ¿qué parte no entendieron de que todo estará perdido si el mismo hombre, el mismo cuerpo de personas principales, de los nobles o del pueblo, ejerce los tres Poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o las diferencias entre particulares?, ¿no fui acaso lo suficientemente claro acerca de que todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de este, que él va hasta que encuentra límites; y que para que no se pueda abusar del poder hace falta que “el poder detenga al poder”?… pero sus reclamos no fueron escuchados debido al volumen con el que vitoreaban: “¡Es un honor estar con Obrador! ¡Es un honor estar con Obrador! ¡Es un honor estar con Obrador! ¡Es un honor estar con Obrador!”.

La celebración en palacio resulta fácilmente explicable desde la óptica de Roberto Blancarte en “Amlo y la religión” (2019), en donde, al describir los rasgos de los liderazgos populistas ─como el que claramente ejerce nuestro presidente─ señala: “Reviven el fenómeno del clientelismo, es decir, una relación donde el intercambio de bienes materiales a cambio de apoyo político se vuelve central. La relación entre el patrón (el político o funcionario) y el cliente (el pueblo) es clave para la reproducción de un sistema de dependencia, que tiene sus efectos más claros en términos electorales, pero también en otras formas de manipulación y sujeción política”.

Y agrega: “En esa relación clientelar, el gobierno y más específicamente el dirigente político se vuelve el proveedor indispensable de los bienes más básicos, sin los cuales la subsistencia material es imposible. De allí se pasa casi naturalmente a una postura paternalista, donde ‘el pueblo bueno’ debe ser conducido y protegido de los entes malignos, que solo le han causado daño”.

Por cierto, que dichos “entes malignos” debieron seguir la transmisión del feliz encuentro del superior con su tropa, con la sensación de estar moralmente derrotados.