Disfunciones emocionales

Ha sido un largo tiempo ya de constantes aprendizajes, tanto personales como profesionales. Las opiniones que semana a semana les he compartido han versado sobre diversos temas cotidianos de psicología, pero lo que ha predominado ha sido la salud mental. Actualmente me encuentro leyendo un texto muy interesante de uno de mis autores preferidos: Jorge l. Tizón. Es español, médico psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo. Su más reciente publicación lleva por nombre “Salud emocional en tiempos de pandemia” (Ed. Herder, 2020) y es muy recomendable su lectura.

Tizón es de los profesionales que opinan que el Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH) es solo un invento clínico para empastillar a los niños, pues considera que no siempre se analizan otros aspectos psicosociales y familiares del comportamiento infantil. De hecho, como buen psicoanalista, cuestiona la medicación en general, pero apoya sus argumentos en procesos químicos neuronales.

En el texto que señalo, Tizón abre la discusión por los diagnósticos que ahora, por motivo de la pandemia de la Covid-19, son muy comunes de asignar, en general, por el personal médico, psicólogos y psicoterapeutas. Tanto la depresión como la ansiedad, el estrés postraumático y el duelo son diagnósticos clínicos clasificados en una lista internacional de trastornos mentales que los psicólogos seguimos, muchas veces, ciegamente, porque así los ha asignado un psiquiatra o un neurólogo. Existe un grupo numeroso de profesionales de la psicología que considera los trastornos psicológicos como resultado de la subjetividad, sin la influencia de química y por ello no necesariamente tienen que ser medicados. Un dilema que lleva muchos años y que las neurociencias comienzan a mediar ante tales posturas.

Las disfunciones emocionales, como el autor las llama, no son una enfermedad mental con origen necesariamente biológico o cerebral, por un desajuste electroquímico en el cerebro. Muchos profesionales de la psicología seguimos esa mirada médica, no la descartamos, pero nos apoyamos más en bases emocionales, cognitivas e interpersonales que tienen que ver con la historia de crianza y comportamental de la persona atendida.

La población está acostumbrada a ver la sintomatología mental como una enfermedad o como un trastorno de los “nervios” y que tiene que ser atendido por el médico, quien le recetará la consabida “pastilla” para “curarse”. Para ser feliz, nada mejor que un “cosmético cerebral” tomado cada 24 horas, por la noche. Las disfunciones emocionales son producto de un mal manejo de respuesta humana y tienen que ver con la ira, el miedo, el deseo, la separación, el cuidado y que no hemos podido modular en experiencias cotidianas adversas de la crianza, la vida social, el control cognitivo y manejo emocional. Esta sería la base de una psicopatología, pues la posible función adaptativa que nos daría un estado de vergüenza, de culpa, de orgullo o de tristeza, resulta defectuosa con la aparición de las llamadas ansiedades o depresiones, diagnósticos frecuentes en el consultorio médico.

Afortunadamente, la pandemia ha permitido a los médicos, más que a la población en general, tener esa mirada diferente ante la salud mental y cada vez más consideran que hay causas emocionales en síntomas fisiológicos y somáticos que incomodan y asustan.

Hoy en día, la manipulación de las emociones debe ser reconocida y atendida por la opinión de políticos, autoridades médicas, medios de difusión y por los mercaderes de la salud mental. Antes de un trastorno mental, tenemos una oportunidad de cambiar y transformarnos.

Les agradezco de corazón, amables lectores y Códigoqro, la oportunidad de seguir escribiendo el Saber de-mente, pues está usted leyendo la número 200 de esta opinión semanal. Mil gracias.

* Psicólogo clínico (UAQ), coordinador de área en Salud Mental y Psicológica de IXAYANA y psicólogo clínico adscrito al Hospital General Regional del IMSS-Querétaro. Ver otras colaboraciones de Saber de-mente.