Alto a la violencia

La violencia está presente en la calle, en la escuela, en la carretera, en el hogar, en el hospital, en la tienda de autoservicio, en el estacionamiento y en este texto que estás leyendo ahora. Representa la definición de la fuerza y el poder que deseamos imponer intencionalmente a las personas que buscamos someter o a las que queremos controlar. La violencia ha llegado a considerarse, actualmente, como el evento más democrático y natural. La violencia tiene miradas desde lo religioso, político, jurídico, sociológico, antropológico, periodístico, psicológico y neurofisiológico, entre muchos más enfoques que la estudian y que proponen soluciones o la inimaginable respuesta: detenerla.

Aunque un crimen no siempre tiene que ser violento, la violencia sí es, en mucho, el instrumento de la criminalidad. Conlleva un impacto que altera nuestro equilibrio cotidiano, personal y social, pues el narcotráfico, el acoso cibernético, la trata de personas, el tráfico de armas, el terrorismo, el secuestro, la violación sexual, la discriminación, la corrupción, el robo, la extorsión, los feminicidios, la impunidad, el robo de hidrocarburos o una vaca o una urna electoral implican infringir una norma o una ley establecida por el hombre para mantener el orden social. Las cosas no son tan simples como sucede en una de las escenas de la película “Locura Americana” (1982, USA), cuando dos personas esperan en la fila al teatro y llega una tercera, saludándolas amablemente y apuntándoles con un arma: “-Buenas noches, caballeros, soy su asaltante de la semana, ¿pueden darme lo que tengan? -Sí, cómo no, permítame,… aquí está el reloj, la cartera… aquí está mi cadenita… -¿Es todo? –Sí, claro. -Qué amables, que tengan buenas noches. Hasta luego. -Adiós…”.

Son tantas preguntas para explicar la violencia que prefiero ir directamente a señalar algunas acciones que pudieran disminuirlas:

Como la sociedad establece sus propios principios y valores morales para mantener un estatus social adecuado, esta debe asumir acciones y actitudes de respeto a la ley, generar una cultura de paz y de seguridad colectiva, de aprendizaje en convivencias multiculturales e inhibir la normalidad de la violencia y el delito.

Otra sería que la voluntad política de los gobiernos locales pueda mirar hacia la población marginada, a los grupos vulnerables y a la reinserción social adecuada de los infractores de la ley para implementar políticas de recuperación socioeconómica.

No podemos olvidarnos de la infancia: hay que educar para y en la paz a niños, niñas y adolescentes. Para ello, es necesario revisar los programas escolares y evaluar su efectividad e impacto, sobre todo que se utilice el recurso humano adecuado (psicólogos escolares) y que las acciones desde la escuela estén enfocadas en las familias (aplicar psicología para las familias).

Muchas personas estarán de acuerdo en que es urgente inhibir la percepción de que la violencia es una forma de crianza natural, reactiva, instrumental y justificable. Los usos y costumbres se derrumban con la educación asertiva y resiliente.

No olvidemos que como población tenemos que educarnos en la comunicación constructiva, mediadora, y en técnicas de manejo de conflictos, así como erradicar la exclusión, discriminación y marginalidad por motivos de clase social, religión, economía, política, gremiales y de salud.

* Psicólogo clínico (UAQ), coordinador de área en Salud Mental y Psicológica de IXAYANA y psicólogo clínico adscrito al Hospital General Regional del IMSS-Querétaro. Ver otras colaboraciones de Saber de-mente.