La autocomplacencia de López Obrador

Cinco mil 600 palabras pronunció Andrés Manuel López Obrador en su mensaje desde Palacio Nacional con motivo de su Tercer Informe de Gobierno… la mayor parte de ellas envueltas en un exceso de triunfalismo: “Ya están sentadas las bases de la transformación: a solo dos años, nueve meses de ocupar la Presidencia, puedo afirmar que ya logramos ese objetivo”.

“De los 100 compromisos que hice en el Zócalo el primero de diciembre de 2018 al tomar posesión, hemos cumplido la gran mayoría, 98 de 100 compromisos. (…) Pero también hemos hecho muchas otras cosas que no estaban incluidas en ese listado de compromisos”.

En su discurso de 54 minutos ─ante la mirada hosca de Benito Juárez, en el óleo al centro del salón─ no tuvieron cabida la autocrítica ni la humildad: “hasta podría dejar ahora mismo la Presidencia sin sentirme mal con mi conciencia”; salvo en dos o tres frases como: “solo tenemos pendientes dos (compromisos): descentralizar el gobierno federal y conocer toda la verdad acerca de la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa”, “de 11 delitos considerados como de mayor impacto, solo tres han presentado aumentos: el feminicidio, que creció en 13 por ciento, y que posiblemente, reitero, antes no se clasificaba como ahora; la extorsión, que aumentó en 28 por ciento; y el robo en transporte público individual, que creció 12 por ciento” y “el gas ha subido un poco por encima de la inflación”.

El resto, más que enunciados, fueron decretos presidenciales interrumpidos por los aplausos ─sí, la vieja práctica que continúa más viva que nunca─ de los pocos asistentes, debido a la pandemia:

“Hay paz social y gobernabilidad en el país”, “Ahora se respeta la Constitución, hay legalidad y democracia se garantizan las libertades y el derecho a disentir”, “no se violan los derechos humanos”, “hay transparencia plena y derecho a la información”, “no se violan los derechos humanos”, “no se tolera la corrupción ni se permite la impunidad”… ¡Clap!, ¡clap!, ¡clap!

Se le vio ecuánime, sonriente y empoderado; aunque no faltó el exabrupto surgido de lo más profundo de su resentimiento: “lo que acabo de decir es como para decir a los tecnócratas neoliberales: ‘tengan para que aprendan’”, claro reflejo del “megapresidencialismo” que ejerce; como acusó recientemente Porfirio Muñoz Ledo: “Cuando la verdad proviene de un solo hombre es una mentira. Solo en Babilonia y en los centros de salud mental tiene cada quien sus datos propios”.

Así, en la realidad del presidente solo existe y vale su visión… la de los otros, cuando no refleja la suya, solo cabe el “Quién es quién en las mentiras” de su mañanera.

La autocomplacencia de López Obrador surge de una forma de ejercer el poder más cercana al presidencialismo del PRI, que tanto dice detestar, que a un verdadero transformador de la tercera década del siglo XXI; él es el peso y el contrapeso… él concentra las facultades constitucionales y metaconstitucionales descritas por Jorge Carpizo hace ¡43 años!

De ahí la importancia de la advertencia de Muñoz Ledo durante su intervención en el Conversatorio del Movimiento por la República, el pasado 31 de agosto de 2021:

“Mal haríamos en cohonestar que el gobierno se concentrase de nuevo en un Ejecutivo omnipresente y piramidal. Sería una lamentable regresión y una involución histórica semejante a las que han producido los golpes de Estado”.