Tony Manero o tener fiebre en la dictadura chilena para crear un escenario

Juan José Llamas Macías

Poco recordaba acerca de la trilogía fílmica que Pablo Larraín le dedicó (úsese “dedicar” en el peor de los sentidos) a la dictadura de Pinochet en Chile. Todo empezó con “Tony Manero”, en 2008, y culminó con “NO”, en 2012.

“Tony Manero” cuenta la historia de Raúl, hombre que alberga el deseo de convertirse en el mejor representante de lo que fue John Travolta en el clásico del cine pop estadounidense “Fiebre de sábado por la noche” y que está dispuesto a todo con tal de ser reconocido como el propio Tony y no como sus padres decidieron llamarlo en la pila bautismal.

Surge aquí la primera de mis primeras interpretaciones acerca de la identidad de nuestro personaje y de su lucha por ser o dejar de ser. ¿Quién es?, ¿a dónde va?, ¿por qué lo hace? Si bien la finalidad aparente resulta sencilla, los hilos narrativos que envuelven la trama hacen minuto a minuto más compleja la comprensión de los deseos y anhelos de Raúl en su camino a convertirse en Tony, partiendo de la idea de que construyendo una réplica del escenario de baile de la película para así poder imitar de forma perfecta los pasos al ritmo del pop, es el camino correcto, cueste lo que cueste.

Tony Manero se desarrolla dentro de una nación desesperada y se ubica un año después de que Chile y Argentina estuvieran a punto de enfrentarse en una guerra territorial sin precedentes. La sociedad está dolida, pero sobre todas las cosas, está desesperada y desesperanzada. Es que un país que no te permite imprimir panfletos con ideas ajenas al régimen es un país cuya sociedad está condenada al silencio y a la falta de identidad. Por eso Tony hace lo que hace sin arrepentimientos, sin miras al pasado y mucho menos a un futuro incierto.

En su segundo largometraje, Larraín nos propone primero una cámara que ve al interior del personaje y después otra que profundiza en su contexto; en nosotros, como audiencia, lejanos, lejanísimos quizá a esa dictadura que “deformó” una realidad, lo que la cámara nos sugiere de forma constante. No es algo mal hecho, es algo perfectamente hecho para denostar un alma que se pudre cada vez más. Un alma que ni con los placeres del sexo sabrá ser saciada.

Larraín nos muestra el alma y los deseos del Tony que a veces resulta aberrante (pues es capaz de matar con tal de conseguir abrirles camino a sus deseos), pero otras tantas fascinante en su dedicación y virtud hacia lo que pretende crear.

¿Qué o a quién representa realmente Tony Manero? Tony agrede, mata, ama, vive al extremo. Se trata quizá de un ejercicio semiótico acerca de todo aquello que se vive dentro de una dictadura, donde la banalidad es bien recibida y el pensamiento crítico, expulsado hasta por los dientes.

Ver cine latinoamericano es estar dispuesto a vivir realidades que, aunque parezcan sumamente lejanas a nosotros, no lo son tanto. Nuestro continente es hermano en su forma política, social y también cinematográfica. La calidad del cine de Larraín mejora con el paso del tiempo y la experiencia. A “Tony Manero” la considero una obra del cine primitivo del realizador chileno, pero sin la cual no habría alma en las obras que nos entrega en la actualidad.

Véase con ojos limpios de prejuicios acerca de una época política y social de un país que estuvo en efervescencia a finales de los 70.

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