COVID-19 y la tercera edad

Ahora resulta que estamos en la antesala de una serie de reformas y políticas públicas en favor de la población adulta mayor, en donde las oportunidades de bienestar, salud e ingreso económico por pensiones serán mucho mejor; por lo que se pretende borrar el histórico rezago de atención y la pandemia de la COVID-19 que ha causado un miedo y un sufrimiento inesperado a la mayoría de las personas de edad mayor en México y en todo el mundo. Se dice que el cambio en pensiones, el ahorro voluntario y la baja para las semanas cotizadas implicarán alejar de la pobreza al grupo de población que ingrese a la edad de 65 años y más.
Muchas han sido las preocupaciones actuales de la población adulta mayor: la denegación de la atención sanitaria para padecimientos no relacionados con la COVID-19; el descuido y el maltrato en instituciones de salud, centros residenciales de descanso y en su propio hogar; el aumento de la pobreza, la desocupación y los riesgos al estado de su bienestar y salud mental; la alta estigma y discriminación de la sociedad ante sus condiciones de deterioro; el riesgo a morir por enfermedades preexistentes y de COVID-19; la manera compleja de elaborar el duelo por fallecimiento de pareja o hijos, entre otras situaciones que se hablan en la clínica psicológica.
Cuando un adulto mayor está en condiciones favorables, suele no escaparse de ser requerido en la función de persona cuidadora de hijos, nietos, de algún familiar o de su pareja, sin contar los apoyos suficientes para brindar un acompañamiento empático.
Para las personas de la tercera edad el virus no solo las puso en un comprometido estilo de vida. En esta etapa se tienen mayores necesidades afectivas, comunicativas, de medicamentos, de asistencia social, de visitas domiciliarias de rutina; pero también tienen grandes retos como el afrontar estados de ansiedad y depresión, una soledad no deseada y la pérdida de interés en realizar actividades que antes disfrutaban hacer. Y es que la preocupación excesiva y constante, los olvidos frecuentes, las dificultades en su motricidad, los momentos de irritabilidad, malestar e impotencia, así como la dificultad para iniciar o mantener el sueño y pesadillas constantes, hacen que el proceso de entender el envejecimiento para el adulto mayor resulte cada vez más complicado.
Hace poco más de veinte años que tomé un primer curso sobre Psicología del adulto mayor, en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), y se decía que a partir de ese entonces los recursos (humanos y económicos) se destinarían para aplicar programas institucionales de gran impacto y calidad. Un par de años después, con el cambio sexenal, esta iniciativa queda en el olvido y solo perduraron actividades de activación física y uno que otro grupo de autoayuda.
Será posible que, además de las mejoras económicas, se pueda retomar la psicoeducación en salud mental y que nuestros adultos mayores cuenten con espacios adecuados para la escucha psicológica y solución de conflictos, y que no se les vea como cuerpos enfermos, obsoletos y envejecidos, que requieran de medicación y suplementos alimenticios.
No estaré señalando muchas más problemáticas por cuestión de espacio para esta columna, pero no dejaré de insistir en que la salud mental es un compromiso con la dignidad de las personas, un derecho de salud y una obligación permanente de atención por parte de los legisladores, me refiero a los que están por venir porque los que se van, ya ni hablar.

* Psicólogo clínico (UAQ), coordinador de área en Salud Mental y Psicológica de IXAYANA y Psicólogo clínico adscrito al Hospital General Regional del IMSS-Querétaro. Ver otras colaboraciones de Saber de-mente.