Orfeo miró a Eurídice una última vez y esta desapareció

Andrea Urbiola Ezcurra

El concepto más recurrente en torno al cual giran las obras en el cine es el amor. Las relaciones de pareja, específicamente, tienen algo que los autores no se cansan de retratar y los espectadores de ver. ¿Por qué? Nos gusta vernos representados en pantalla, no hay discusión. Podremos discutir sobre si la razón se inclina por el narcisismo o más bien por el autoconocimiento, pero lo que no podemos discutir es que nos gusta vernos encarnados en la piel del protagonista: ver a alguien que piensa, actúa y siente como yo. Y, aunque parezca algo inverosímil, las mujeres no somos tan consideradas como la audiencia a la que se dirigen ciertas obras -o productos- cinematográficos; en el cine, existe algo que los teóricos denominan “mirada femenina o masculina” dependiendo de su enfoque, y tiene que ver con a cuál de los géneros satisface su trabajo. En el caso particular de esta reseña, me referiré a una obra maestra del cine contemporáneo, “Retrato de una mujer en llamas”, de la directora francesa Céline Sciamma.

La historia, situada en la Gran Bretaña en el siglo 18, nos presenta a una pintora -profesión predominantemente masculina en aquella época-, que es contratada para retratar a una mujer prometida en matrimonio, a través de cuyo retrato el hombre decidirá si la desposa o no. Marianne, la pintora, es encomendada a hacerlo sin el conocimiento de la otra mujer, Héolïse, ya que esta se negaba a ser retratada, repudiando la idea de su posible matrimonio, por lo que Marianne debía fungir como dama de compañía de Héolïse y, a través de la observación, memorizar cada detalle de la joven y retratarla sin su conocimiento. En esta relación involuntaria entre musa y artista, surge un apasionado y desgarrador romance. Una historia de este tipo no es nada novedosa en estas épocas, pero lo que definitivamente sí es novedoso es la manera de retratar el romance y la relación entre las tres mujeres protagonistas y prácticamente únicos personajes del metraje. Entre ellas existe una relación de sororidad, de entendimiento y complicidad. El romance entre las dos mujeres está más sostenido en sus miradas que en sus palabras. Poniendo como ejemplo “La vida de Adéle”, sin omitir mencionar que es una gran obra, a criterio propio a veces podía parecer un producto de consumo predominantemente masculino; si bien fue muy efectiva en el desarrollo de sus personajes y la evolución de su romance, hubo algunas escenas eróticas que pudieron reducir la duración del metraje y que parecía que solo estaban ahí para complacer ciertas demandas. Por el contrario, en el caso de “Retrato de una mujer en llamas”, la historia no tiene prisa en relacionar sexualmente a sus personajes y más bien se interesa en crear un vínculo de sororidad, en dar un papel activo al de la musa de un artista y en desarrollar una relación basada en miradas de complicidad.

La historia no puede cerrar mejor: dejando inconclusa la historia de amor que marcará por siempre a las dos mujeres, pero que deciden guardar en su memoria como el amor más trascendente que tendrán en sus vidas; tal como aquella revisión que se hace del mito de Orfeo y Eurídice, en el cual, de manera poética, se da preferencia al recuerdo de la amada. ¡La mirada femenina existe y no hay mejor referencia a ella que esta película!

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