¿Qué llevas en tu mochila de vida?

Si te pido, lector, remontarte a tus años de primaria, seguramente no te costará trabajo recordar el peso de tu mochila, que ligerito no era. En ella debías cargar todos y cada uno de tus cuadernos y libros de texto, pues ¡ay, de aquel o aquella que dejara uno en casa! De menos te llevabas una llamada de atención, con las consabidas sonrisas burlonas de los niños y niñas que no se juntaban contigo.

En su libro “Empieza hoy el resto de tu vida”, Jorge Bucay hace uso de la misma imagen para lanzarnos una pregunta que difícilmente podríamos contestar a la ligera: ¿Y tú qué llevas en tu mochila de vida? Para responderla adecuadamente, necesariamente tendríamos que hurgar en ella, pues es posible que ni siquiera seamos conscientes de qué es exactamente de lo que la hemos ido llenando al paso de los años.

“En nuestro camino de vida –precisa el literato argentino–, todos llevamos un equipaje, más o menos pesado, más o menos hiriente, más o menos difícil; un equipaje que empujamos, cargamos o arrastramos, condicionando de una u otra manera nuestra ruta y crecimiento”. Muchos de los recuerdos que almacenamos en la alforja metafórica llevan una carga emocional, trátese de vivencias, sueños, ilusiones o remordimientos. Y, al empezar a hurgar, emergerá el recuerdo vívido de un abrazo, un lugar, una persona, una conversación que, en su momento, nos causó alegría, miedo, frustración o esperanza.

Esta peculiar mezcla de memorias y emociones nos acompaña a todos lados, sin importar cuántos años hayan transcurrido, por la sencilla razón de que –por algún motivo– somos nosotros quienes hemos decidido llevarlas en vilo. De ahí la importancia de hacer hoy un alto en el camino, quitarnos la mochila de la espalda y abrirla para examinar metódicamente sus contenidos. Si el recuerdo se asocia a abusos, privaciones o carencias afectivas, probablemente nos digamos: ¿Cómo poder olvidarlo? Cierto, tal vez esto no sea posible, pero deberíamos –al menos– darnos la oportunidad de intentar perdonar o perdonarnos, para dejar atrás arrepentimientos y resentimientos. Sin importar lo que encontremos, Bucay nos invita a “resistir la tentación de echar la culpa a otros de nuestra carga… Nadie nos ha forzado a llevar con nosotros tanto equipaje”.

Conversando con mis alumnos universitarios sobre el tema, uno de ellos me compartió: “Aunque a veces logro identificar algunas experiencias tóxicas, me siento arraigado a ellas por alguna extraña razón. Y es ilógico, porque es como aferrarse a algo que nos hace daño… Me es difícil a veces realizar esa limpieza periódica de todo lo negativo, tal vez sea por temor al cambio o al qué dirán”.

Otro de ellos sabiamente optó por conservar solamente aquello que lo fortalece como persona: “Dentro de las cosas que quiero seguir cargando está la educación y la fuerza de carácter para sobreponerme ante cualquier circunstancia, así como el amor incondicional que mi familia ha manejado por generaciones hasta llegar a mí”. Como podrás ver, en ti reside el poder para dejar y quitar lo que desees en tu mochila de vida. Es tu decisión y es tu privilegio.