Torreón, un “pequeño genocidio” que no se olvida

Un capítulo oscuro de la Revolución Mexicana resurgió esta semana, al cumplirse un aniversario más de la sangrienta matanza de 303 inmigrantes chinos con motivo de la toma de Torreón, por parte de fuerzas maderistas, el 13 de mayo de 1911.

La disculpa pública ofrecida por el presidente López Obrador a la comunidad china por tan atroz acontecimiento, logró capturar la atención de una opinión pública tomada por sorpresa. Ante Zhu Qingqiao, embajador de China en México, AMLO pidió perdón por el “pequeño genocidio”. Como es sabido, el mandatario ha cortejado al país asiático en su intento por convertirlo en aliado comercial clave. Si obviamos por un momento el innegable cariz político de la táctica presidencialista, la vergonzante efeméride no deja de ser una infamia inexplicadamente olvidada. Recordemos, pues, lo sucedido.

Se dice que de Benjamín Argumedo, quien se encontraba al frente de las tropas maderistas, surgió la ominosa orden: “Maten a todos los chinos”. Supuestamente, un oriental había disparado a los revolucionarios tratando de defender sus posesiones. Lo cierto es que existía una clara sinofobia, surgida en parte del resentimiento de la élite local contra la comunidad china de Torreón, por entonces, la más próspera de México.

La Enciclopedia Española recoge un escalofriante relato de la jornada, que transcribo aquí para darte una idea, lector/lectora, de la magnitud de una tragedia que no podemos pasar por alto:

“La masacre empezó en el restaurante de Park Jan Jong, donde fueron asesinados todos los presentes. De allí, las turbas revolucionarias van a la tienda de comestibles de Hoo Nam, en donde matan a los empleados. Luego pasan al negocio de pieles de Mar Young; el propietario, un sobrino suyo y sus trabajadores, son sacados a la calle y asesinados. Luego destruyen las tiendas de King Chow, quien logra escapar con sus dependientes. De allí, los atacantes se dirigen al negocio de Yee Hop, donde descuartizan con hachas y cuchillos a 13 personas. Al llegar al centro, asaltan el edificio donde operaban la Compañía Shanghái y el Banco Chino, saquean ambos locales y destazan a los más de 20 empleados de esas empresas. En el Club Reformista Chino dan muerte a unos 16 individuos. Hacia las dos de la tarde, en las huertas de las afueras, los jornaleros asiáticos sobrevivientes son quemados vivos y las calles del centro están espolvoreadas de cadáveres. Desde el tercer piso del Banco Chino, cabezas y cuerpos completos son lanzados hacia la calle. Hasta la noche, la soldadesca victoriosa se solaza acuchillando, desnudando y destazando a los muertos y juega con brazos y piernas atados a las cabalgaduras.”

El escritor Julián Herbert investigó a profundidad este acontecimiento histórico para su novela “La casa del dolor ajeno” (2016), a la que describe como “una crónica documentada que atraviesa por el tamiz de mi punto de vista un retrato de 1911 que dialoga con el presente”. Herbert se refiere, en particular, a los asesinatos masivos del narco, a la rampante xenofobia actual y al fenómeno migratorio, con el que se victimiza a los valerosos hombres y mujeres que han dejado su terruño en busca de nuevos horizontes. Y es que, lamentablemente, las semillas del odio siguen engendrando sus amargos frutos… Son ecos que siguen retumbando.