El tatuaje exiliado o la historia del hombre que se convirtió en obra de arte

Juan José Llamas Macías

Este año, en los premios de la Academia no hay latinos, pero las propuestas que fueron seleccionadas merecen mucho la pena. Después de haberme enamorado de la más reciente película de Thomas Vinterberg decidí ver “The man who sold his skin” y tenía que escribir acerca de ella.

Ganadora en Venecia, de producción multinacional y dirigida por la talentosa directora tunecina Kaouther Ben Hania, narra la historia de amor entre Sam Ali y Abeer. Esta historia está lejos de ser una historia de amor a la que el mundo occidental nos tiene acostumbrados. Nos encontraremos con una pareja siria que tiene que abandonar su país bajo la forma de exilio, buscando mejores oportunidades de vida, él, en Líbano, y ella, en Bélgica. La diferencia es sencilla: él está solo y ella, casada con un hombre para el que el dinero y las relaciones diplomáticas no representan problema alguno.

La primera secuencia capturó por completo mi atención. En ella nos encontramos a Sam y a Abeer completamente ilusionados con la idea de pasar la vida juntos, celebrando junto al resto de los pasajeros. El error “grave” se comete cuando Sam pregona de un lado a otro las palabras “libertad” y “revolución”… Aquí empieza la ruptura obligada: ella, por un matrimonio arreglado; él, por un exilio forzado. La solución que propone la directora es absolutamente magnífica, inesperada, brutal y tristemente real: Sam encuentra su libertad vendiendo su espalda para ser tatuado, convirtiéndose así en objeto o mercancía que a cambio recibe estabilidad económica y una codiciada visa Schengen.

Técnicamente la película propone un gran trabajo de puesta en cuadro acompañada de colores exquisitos, música sólida, actuación protagónica memorable, roces con la comedia que siempre da vida a las historias y un manejo del montaje muy oriental. No quisiera dejar lo que me pareció negativo en el olvido, porque me encontré con algunos tropiezos en la resolución a tan complejo paradigma en el que se nos introdujo al principio. Pareciera que los problemas acaban por resolverse de forma muy sencilla, pero ya serán ustedes mismos quienes juzguen si tengo o no razón.

¡Vaya mundo cruel y sin límites en el que vivimos!, hemos materializado al hombre hasta convertirlo en obra de arte, aún a pesar de que el cuerpo humano ya es una obra de arte en sí misma: lo llevamos al extremo convirtiéndolo en un objeto de puro deseo mercadológico, de atracción estética llena de falsedad e ignorancia, de carencia de valor humano que únicamente nos acerca al instinto animal que solo puede ser acompañado por el valor que tienen las cosas que el dinero puede comprar. Claro debería quedar que el dinero no puede comprar una vida humana, sea cual sea.

¿Qué tanto puede hacer el ser humano por amor? Son muchas películas las que intentan explicarnos y dejarnos claro que cuando de un ser querido se trata, todo estaremos dispuestos a perder mientras nuestra dignidad no esté en juego. Sam llega a un punto límite, lo explota y deja claro que la solidez de nuestros principios nos acompañará siempre, a costa de todo y ante cualquier precio.

Vinterberg y compañía tienen competencia porque a pesar de que Siria nos parezca lejana, está más cerca que nunca. Espero que levante el Oscar a Mejor película internacional.

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