Intuición, divino tesoro

Todos y cada uno de nosotros somos dueños de un prodigioso tesoro llamado intuición, que guardamos en las arcas del inconsciente. El problema es que muchos hemos extraviado la llave y nos frustramos al no saber cómo abrir tan valioso pero elusivo legado. Estamos tan acostumbrados a acudir a nuestra mente racional y lógica para ponerla a cargo de nuestras decisiones que pasamos por alto los magníficos dones que nos podría conceder nuestra mente intuitiva. Esto es una verdadera pena, pues nuestros antepasados más remotos sí que sabían hacer uso de ella para enfrentar los retos de su vida cotidiana.
Tal es el caso del Australopithecus afarensis, que hace 3.6 millones de años transitaba por las praderas africanas. Si bien estos homínidos, que formaban parte de una especie que antecedió al Homo sapiens, carecían aún de un lenguaje estructurado para comunicarse entre sí, la intuición no les resultaba ajena. En su ensayo “Intuition and logic in human evolution”, Robert Campbell apunta al respecto: “Sean cuales fueren los sonidos y señales a los que ellos recurrían, dependían en gran medida de una interpretación intuitiva, de carácter subjetivo y apegada a sus circunstancias” (mi traducción).
En los tiempos actuales, en los que enseñorea el pensamiento racional, los aborígenes australianos han sabido conservar intactos sus patrones cotidianos. “De manera intuitiva –señala Campbell–, se ven a sí mismos como parte integral del medio ambiente del que forman parte, en armonía con la flora y fauna que los rodea”.
Pensemos en nuestros bisabuelos y tatarabuelos, quienes vivían en mayor sintonía con el mundo natural que nosotros. Un pastor, un campesino, un agricultor podían, por ejemplo, sentir si iba a llover o bajar la temperatura y actuaban en consecuencia. Hoy en día, en vez de poner atención a nuestras sensaciones táctiles, olfativas, visuales o auditivas, socarronamente ‘checamos’ el pronóstico del tiempo desde nuestra aplicación preferida.
La intuición se manifiesta por medio de sensaciones que surgen en el momento más inesperado. Digamos que has decidido pasar el fin de semana en San Miguel de Allende para huir del encierro de la cuarentena. Sin embargo, unas horas antes de partir te asalta el impulso de llamar a un amigo al que hace tiempo no ves. Cuando le marcas, te responde: “¡Qué casualidad!, estaba por llamarte, pues estaré en Querétaro este fin de semana”. De ahí que hablemos de “sentir una corazonada” cuando surge el impulso de hacer algo que no teníamos pensado hacer.
El problema no estriba en si debemos escuchar o no estas sensaciones e impulsos, sino en cuándo escucharlos, como en el ejemplo anterior, y cuándo descartarlos. El dilema se resuelve cuando aprendemos a sincronizar el pensamiento racional con el intuitivo, es decir, mostrarnos atentos a escuchar a la intuición cuando llama a la puerta, para luego evaluar dicho impulso desde la acción reflexiva de nuestra mente consciente.
A manera de conclusión, te invito a seguir este singular consejo de la escritora Clarissa Pinkola Estés: “Hazte el hábito de escuchar tu intuición, es decir, tu voz interior. Muestra curiosidad y hazte preguntas; observa lo que ves y escucha lo que oyes antes de actuar sobre aquello que sabes que es verdadero. Semejantes poderes intuitivos le fueron conferidos a tu alma desde tu nacimiento”.