La escalera de la abundancia (parte 1)

Seré claro desde el principio. Aquello a lo que llamo la escalera de la abundancia está conformada por dos elementos: a) las palabras que utilizas cotidianamente son los peldaños, b) tus pensamientos son el material del que está construida la escalera. No hay más. De aquí se desprende que si tus pensamientos son armónicos y positivos, y si tus palabras reflejan la calidad de dichos pensamientos, tu escalera será sólida y te conducirá a la abundancia. Si, por el contrario, tu pensar y sentir es derrotista y autodestructivo, tu escalera estará carcomida y, por tanto, cualquiera de los peldaños podrá venirse abajo en cualquier momento, condenándote a una realidad de carencias emocionales y espirituales.
Tal vez te cuestiones pensando que estos tiempos de pandemia, en los que el foco de atención se centra en aquello que solíamos tener y de lo que ahora carecemos o adolecemos (libertad, abundancia, tranquilidad, solidez económica), no son necesariamente los más apropiados para hablar de abundancia. Yo respondería que, precisamente, debido a nuestra realidad precaria, es menester desplazar nuestro centro de atención a aquello que aún tenemos, empezando por el amor propio y el de nuestros semejantes. Es decir, darnos cuenta de que conservamos incólume la fortaleza interior o podemos recuperarla si la hemos perdido. La razón es simple: LA FUERZA ESPIRITUAL ES LA LLAVE DE LA ABUNDANCIA.
No tenemos, pues, que esperar al futuro para recuperar la paz interior: basta con empezar a transformar la naturaleza de nuestros pensamientos y palabras. Llegó el momento de dejar de lado la escalera de la mezquindad y las carencias, y hacernos de una nueva, legítima y dorada: nuestra escalera personal hacia la abundancia.
Una manera directa de darnos cuenta del estado presente de nuestro ser interior es tomar nota de las frases que utilizamos en nuestras conversaciones cotidianas. Bien podemos, por ejemplo, sustituir un “esto está muy difícil” con un “todo tiene solución”. De esta manera, desechamos un pensamiento catastrofista y nos hacemos de uno proactivo y optimista.
En su podcast Alquimia emocional, la terapeuta María Fernanda Pérez proporciona varios ejemplos más. En vez de “valió la pena”, sugiere “valió la alegría” o “valió el esfuerzo”. ¿Por qué? Porque de otra manera nuestro inconsciente asociaría la palabra pena con algo que deberíamos evitar en vez de emular, ya que su significado -“sentimiento de tristeza provocado por una situación adversa”- representa algo muy diferente a lo que deseamos comunicar.
Siguiendo la misma lógica, la frase “poco a poco” evoca la idea de lentitud o escasez, por lo que mejor nos iría expresar: “voy progresando”, “voy avanzando” o “voy creciendo”. De forma similar, es preferible reconocer que algo no resulta del todo fácil en lugar del consabido “¡no se puede!” o “¡está muy difícil!”, que suena a queja y derrotismo. ¿O cuantas veces cuando cometemos un error nos recriminamos exclamando cosas como “¡pero qué tontería acabo de hacer!” o “¡qué bruto soy!”? La citada expositora propone, a cambio, “podré hacerlo mejor la próxima vez”, “estoy aprendiendo” o “en la siguiente ocasión pondré más atención al resultado”.