Un centro de mediación vecinal

Los conflictos vecinales resultan ser muy dañinos para la armonía social. Suelen ser enfadosos, pero sobre todo suelen ser atendidos sin técnica ni guía por los presidentes de las asociaciones de colonos y condóminos. Los hay de diversos tipos: por conductas indeseables cometidas por un vecino respecto de otro; por abusos constructivos que molestan a terceros; por nuevas obras que incomodan real o imaginariamente. Por falta de comunicación entre quienes comparten el suelo, etcétera. Son de muy diversa índole y calibre, en ocasiones fruto de la exageración y la ociosidad; otras veces reales por la efectiva violación del Derecho a la Ciudad cuando derivan de un acto de autoridad que permite, provoca o disfraza la inequidad.
Nuestra legislación urbana poco señala al respecto y no se gasta un peso público en producir y desarrollar lo que pudiera denominarse como una “cultura vecinal o condominal”, siendo que prácticamente ya en esta urbe se vive, se trabaja y se produce en estructuras urbanas con este régimen de copropiedad; o bien, en fraccionamientos blindados donde se ha tolerado la instalación de bardas, casetas y retenes, cerrándolos al tránsito general, lo que si bien da la impresión de “seguridad”, implica también la transmisión tácita de responsabilidades públicas a sus colonos, quienes luego caen en la cuenta de que con esa ventaja de estar cerrados, también les fue transferida la batalla para organizarse y poder atender acciones de mantenimiento sobre calles, banquetas, camellones, luminarias y jardines, por citar las más obvias.
Estos conflictos ofenden la tranquilidad e incluso, de cierta manera, la intimidad de las comunidades; rompen la armonía e incluso generan el enfrentamiento individual o hasta entre familias y con derivaciones judiciales. No creo que en ningún municipio se lleve un récord de estos conflictos, ni se tenga una instancia efectiva para procurar acuerdos y soluciones. Al revés, con frecuencia la autoridad incluso se pone a salvo con frases duras como “si es un condominio, mi responsabilidad es de la puerta para afuera”; “si quieres el cerramiento, debes asumir que es tu responsabilidad lo que suceda adentro”… O similares.
En el trayecto de la reforma de 2018 al «Código urbano» mucho se discutió sobre la posibilidad de emancipar el tema condominal y crear, como exitosamente sucede en varias entidades de la República, una «Ley de vida condominal». El propio código, en su versión original de 2012, la prefiguraba, pero a ningún legislador le pareció importante, excepto a la entonces diputada local María Alemán, a quien desecharon, sin estudiar su iniciativa.
Pero bueno, ¿qué sí es posible? Nuestra ley también señala que la Procuraduría de Protección al Medio Ambiente y el Desarrollo Urbano (PEPMADU) tiene entre sus funciones dar asesoría a estas organizaciones en sus conflictos, lo que no atiende, pues, pobre e inmersa en su función sancionadora como autoridad ambiental, nada o casi nada hace por ayudar a los vecinos a resolver los entuertos urbanos que surgen, por ejemplo, con los desarrolladores.
Me cuestionará alguien: ¿esto es importante, tanto como para crear una ley? A lo que yo respondería categórico que sí, desde luego, y entendiendo todo lo que ello significa. Ocho años después de la fundación de la PEPMADU y habiendo aportado mi granito de arena en su diseño institucional original, me permito insistir siquiera en la creación de un Centro de Mediación Vecinal, donde colonos y condóminos imparcialmente asesorados encuentren una mesa dispuesta para el diálogo entre contrapartes y, sobre todo, donde puedan obtener, si se desea, un arbitraje gratuito e imparcial, que inhiba la desigualdad frecuente entre quienes se disputan la razón, cualquiera que sea el tema y su dimensión.
El centro podría ser también una instancia útil para recoger la opinión pública sobre algún proyecto; podría servir como instancia para organizar una consulta vecinal (de acuerdo con nuestra «Ley de participación ciudadana»). Podría tener una dimensión estupenda en apoyo a la consolidación de la vida democrática. Ahí se las dejo para el debate.