Los vampiros de Jarmusch también brillan

¡Qué obra maestra es un hombre!
Qué noble en su razón, qué infinitas sus facultades, qué perfecto y admirable en forma y movimiento, cuán parecido a un ángel en sus actos, cuán parecido a un dios en entendimiento, la belleza del mundo, el paragón de los animales. Aún así, para mí, ¿cuál es la quinta escencia del polvo? El hombre no me agrada.
-Hamlet, William Shakespeare.

El mito del vampiro no es nuevo para nadie, ha sido tan explorado en la literatura y el cine que todos estamos familiarizados con la figura de aquel personaje de aspecto generalmente irresistible, que conquista a sus víctimas a través de sus encantos para proceder a saciar su necesidad de alimento. Desde “Nosferatu” hasta “Crepúsculo”, diferentes artistas han aprovechado esta figura inmortal para imprimir su propio sello a tal mito; uno pensaría que ya no hay nada nuevo que aportar a una figura tan sobreexplotada y, sin embargo, el director Jim Jarmusch no piensa lo mismo y una vez más la adopta para dejar en sus vampiros algo de sus propios gustos y pensamientos, en esta ocasión recalcando la capacidad de admiración que sus protagonistas no han perdido a pesar de los siglos que llevan albergando la Tierra.
En “Solo los amantes sobreviven”, Jim Jarmusch nos presenta a una pareja de amantes vampiros, Eve y Adam -guiño-, unos sibaritas amantes de la música y literatura, quienes aprovechan sus encuentros para expresar sus opiniones sobre la decadencia de la raza humana, a quienes ellos llaman “zombies”. Adam vive en Detroit, dedicándose a hacer música y manteniéndose en la soledad y lejos de los reflectores, mientras que Eve reside en Tanger, Marruecos, dedicando su tiempo a maravillarse con las obras de la literatura escritas por los humanos y a mantener una amistad cercana, nada más y nada menos, que con el poeta Christopher Marlowe, quien ingeniosamente también es presentado como un vampiro. A través de las largas conversaciones que sostienen sus vampiros, plagadas de referencias y guiños de la historia del arte, Jarmusch nos regala exquisitas reflexiones sobre la cultura y las emociones y es que esos vampiros, a pesar de ser sujetos inmortales, siempre encuentran algo con que maravillarse, y es precisamente eso lo que hace el arte: tocarnos fibras que ni siquiera creíamos que tuviéramos. Estos vampiros refinados son en sí el propio Jarmusch y por eso destacan sobre una larga tradición vampírica que precede a esta película.
He visto cinco veces esta cinta y las cinco veces me sorprende, los sucesos que narra son secundarios y sus personajes son en sí la verdadera esencia: personajes psicodélicos, sensuales e hipnóticos que dibuja el director, a quienes dota de la característica obvia de la inmortalidad y, a su vez, les otorga cualidades y limitaciones humanas.
“Solo los amantes sobreviven” bien podría ser un tratado filosófico sobre la existencia y evolución del hombre, escrito por aquellos que han visto pasar frente a sus ojos la historia de la humanidad y que “carecen” de ella, pero no siempre ha sido así: el vampiro fue antes un humano y eso precisamente hace al mito vampírico tan fascinante de analizar. Me pregunto, si yo perdiera mi calidad humana, ¿me convertiría en un zombie o en un vampiro?

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