Ser vacunado

Como suele suceder ante situaciones novedosas, desconocidas, reaccionamos con cierta incredulidad, temor, generamos pensamientos distorsionados y creencias erróneas que, de no ser sustituidas por afirmaciones positivas o evidencias reales, las convertimos en verdades propias o estados emocionales inconvenientes.
Sobre la vacuna anti-Covid-19 se ha escrito mucho y pensado aún más. Han sido exagerados los argumentos negativos o contraproducentes sobre ella. Se dice que entre las consecuencias de ser vacunado están: causar una enfermedad parecida al “baile de San Vito”, pues afectará los movimientos, pensamientos y comportamiento de las personas vacunadas; que desarrollarán la capacidad de hablar en otro idioma de forma espontánea; que afectará la genética, causará infertilidad y creará “pequeños agujeros” en las células; en fin, la creencia popular va en que causará más mal que bien.
Los falsos fundamentos de estas creencias han sido notorios desde antes de que se definiera el resultado final de las vacunas. Ahora son solo rumores de esas creencias que se han desmentido por argumentos actuales de la ciencia.
Las conclusiones ante la aparición de las vacunas, aprobadas por las instancias sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de los gobiernos de países que la adquirieron, es que se tiene “alta efectividad y seguridad” por los procedimientos en que se desarrolló. Y sí, la vacuna instala un mensajero que aporta instrucciones a nuestro organismo para producir el tipo de proteína que enfrentará al Covid-19, en el caso de llegar a contagiarnos. De esta manera, nuestro sistema inmunológico estará actuando y preparándose para combatirlo. Los resultados muestran que las vacunas de Pfizer/BioNTech y Moderna tienen una efectividad cercana al 95 por ciento.
Vacunarse representa para muchas personas una oportunidad de vida, una manera de defenderse ante el coronavirus más peligroso en la historia de la humanidad y la respuesta emocional es natural, es decir, sentirse nervioso en momentos previos y posteriores a su aplicación. Al momento de entregar el documento de consentimiento, sentarse y arremangando la manga de la camisa o playera, podríamos preguntarnos: ¿me dolerá el piquete?, ¿me pondré mal como tanta gente dice que ocurre?, o ¿qué efectos secundarios tendré?
Pero también genera otras reacciones psicológicas: de que es una experiencia emocionante, de seguridad y valor para enfrentar la pandemia que todos vivimos; muchas personas lo sienten como importante para ellos y un orgullo para su familia, y hasta lo presumen en las redes sociales o bromean con supuestas reacciones secundarias.
Es cierto, hay personas que por sus características biológicas y psicológicas presentan reacciones de leves a mayores: dolor en el lugar de la aplicación, fatiga, resfriado, dolor de cabeza o de articulaciones, mareos, fiebre, náuseas, entre los más o menos comunes.
No será difícil identificar a personas que rechazarán aplicarse la vacuna y será respetable su decisión, pues no es obligatorio que la reciban, pero también habrá quienes se inconformen por tener que esperar unos meses para recibir tal beneficio. No faltarán los “adelantados”, los que hagan uso de “influencias” para anticiparse al calendario marcado.
El vacunarse se convertirá en responsabilidad cívica, como el ir a votar o el pagar impuestos, por lo que se espera que un porcentaje importante de la población no lo haga debido a la información que reciba, por sus creencias culturales, religiosas, por desidia o simplemente porque le está contraindicada. El tiempo ya nos dará los indicadores de aceptación y rechazo.
La vacuna no es el boleto para vivir. Es un medio más para proteger nuestra vida, además de las recomendaciones que debemos cumplir en el cuidado de nosotros mismos, en cuanto a salud física y mental se refiere.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC, y psicólogo clínico adscrito al Hospital General del IMSS-Querétaro.