¿La nueva amistad?

Una de las experiencias culturales más importantes en la sociedad es la amistad. Tener un amigo (hombre o mujer) o saberse ser amigo de otra persona, implica identidad, cercanía y complicidad. Establecer un vínculo con otra persona, al margen de la amistad y del amor, conlleva competencias, intereses, negocios, engaños, indiferencias y, quizá, peleas constantes. Curiosa experiencia interpersonal, en la que los amigos pueden terminar como “enemigos” y viceversa, pues al desear que la otra persona esté bien, se pretende ejercer un acto de sometimiento que puede terminar en discordias.
Por ello, al haber vivido y leído sobre la amistad, nos damos cuenta que es algo que debe cultivarse desde las primeras experiencias, en la infancia, y en la etapa de mayor definición que corresponde a la adolescencia.
La amistad no solo se vive de manera racional, sino también tiene mucho de afectividad. Implica reconocer y aceptar a otra persona por lo que es y sentir ternura y empatía por ella.
La amistad no se logra por el simple hecho de querer ser amigo de otra persona. Hay que aprender a querer la amistad que uno pueda transmitir a esa persona especial y eso implica conocer las propias habilidades emocionales y racionales. La amistad puede surgir sin considerar diferencias entre dos personas, pero el vínculo más firme se da entre personas afines, que se identifican una con la otra, y en el que la comunicación íntima es abierta y sincera, se comparten alegrías y tristezas, y es mucho más honesta que entre propios familiares. Es decir, de los amigos se habla, se les conoce, a pesar de no estar presentes, y lo que diga un amigo puede tener un peso mayor de veracidad que lo que diga una madre o un hermano; además, les toleramos que nos digan cosas que nos molestarían si provienen de un familiar.
Hoy en día la amistad está en riesgo, ya sea para contraerla, para cuidarla o para que perdure, pues los principales enemigos son el confinamiento sanitario, los intereses individuales de sobrevivencia, el distanciamiento corporal, el uso inadecuado de redes sociales, una enfermedad por Covid-19, el silencio, la soledad, la violencia y la muerte del otro. Yo le daría mayor importancia al silencio de los adolescentes, de las parejas y a los estilos de comunicación que provoca deterioros. Esto es, por ejemplo, que en la vida familiar, los silencios o la ausencia del diálogo desgasten los cuidados y nutrición de los vínculos.
La presencia de un amigo implica poder continuar en el proceso de maduración psicológica. Su función es poder asumir esas similitudes y diferencias de nuestra personalidad; es poder jugar con nuestras necesidades y aprender a ubicarse en un lugar diferente al que ocupa la familia, aunque su convivencia sea muy familiar.
Sin embargo, ¿ha servido de algo la amistad para enfrentar las condiciones actuales que la pandemia nos ofrece? La respuesta es: “a medias”. La información que hemos recibido sobre el coronavirus y Covid-19 se ha mantenido como creencia y el cambio de opinión ha sido reducido. La respuesta de afrontamiento se ha refugiado en la necesidad de pertenencia con amistades y con familiares, y estos han influido de manera importante. ¿No acaso los contagios se dan más en la reunión de amigos y de familia, como si estos grupos fueran inmunes al virus? No siempre creemos las cosas porque sean correctas, sino que lo hacemos para quedar bien al interior de la familia o el grupo de amigos.
Si verdaderamente quisiéramos cumplir con las disposiciones sanitarias que las autoridades han impuesto, tendríamos que abandonar creencias y distanciarnos de quienes consideramos amigos y familiares. Algo sumamente riesgoso y complicado.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC, y psicólogo clínico adscrito al Hospital General del IMSS-Querétaro.