La frescura de la flor y la solidez de la montaña

El símbolo es uno de los mejores recursos que hemos ideado los seres humanos para transmitir o comunicar una idea. Pensemos en la paloma de la paz: basta con contemplar la imagen de la tortolita blanca con una rama de olivo en el pico para sentir sosiego en nuestros corazones. Dicho símbolo debe su inspiración a la paloma del arca de Noé, la cual –al haber regresado– anunciaba el fin del diluvio.
En “El secreto lenguaje de los símbolos”, David Fontana plantea que los símbolos representan una de las más profundas expresiones de la naturaleza humana, puesto que se han hecho presentes desde tiempos prehistóricos. En particular, a través de las pinturas rupestres, algunas de las cuales datan de hace 40 mil años. Al respecto, el antropólogo Pablo Herreros escribe en su ensayo “Los misteriosos símbolos del arte paleolítico”, que -más allá de los consabidos bisontes, caballos, mamuts y gacelas pintados en piedra- lo que intriga a los visitantes de estas cuevas son aquellos símbolos que somos incapaces de descifrar.
¿Representaban estos, acaso, mapas, ideas, experiencias de trance, sueños o visiones asociadas a experiencias místicas? Nunca lo sabremos, por la sencilla razón de que los símbolos, como bien indica Fontana, “nos hablan de manera poderosa, tanto al intelecto como a las emociones y al espíritu”. Dicho de otra manera, una imagen simbólica es perfectamente capaz de transmitir -de manera intuitiva- una modalidad de sabiduría que es capaz de eludir el razonamiento lógico.
A manera de ejemplo, me referiré a dos poderosos símbolos a los que recurre el maestro budista Thich Nhat Hanh en sus enseñanzas, para representar otras tantas cualidades de los seres humanos: la flor y la montaña.
LA FLOR. La flor, en su frescura, nos invita a sentirnos felices y contentos. Nos recuerda la importancia de sonreír y sentirnos relajados. Para los griegos, una flor -cuando se abre- se convierte en un símbolo de creación, juventud y vitalidad. “Eres una flor en el jardín de la humanidad”, afirma el maestro Hahn. Si no sabes mantener tu frescura, la flor que eres acabará por marchitarse.
LA MONTAÑA. En su manifiesta solidez, la montaña simboliza la estabilidad del alma. Si alguien oscila cotidianamente entre el enfado, el llanto y el miedo no puede ser feliz, debido a su inestabilidad emocional. En cambio, si eres sólido es porque una montaña habita de manera figurada en ti. Unida al ombligo del mundo, la montaña evoca la fecundidad de la Madre Tierra y, en la tradición china, se opone al agua, de la misma manera en que el yang se contrapone al ying.
En su ensayo “La montaña y su impronta en las grandes tradiciones de sabiduría de la Antigüedad”, la profesora de filosofía María Teresa Román argumenta que las montañas ocupan un lugar muy especial en la geografía simbólica de la mayoría de las tradiciones religiosas de nuestro planeta. La montaña permanece impasible en medio de la tempestad, de ahí que represente la parte más profunda de nuestro ser. La sensación de quietud que sentimos si nos refugiamos en su cualidad simbólica, nos infunde confianza y nos salvaguarda de la ansiedad y el remordimiento. Si careciésemos de estabilidad, nos veríamos rebasados por el torbellino de las emociones sin freno.