Habitar el espacio de lo posible

Roy Bennett, autor del libro “La luz en el corazón”, nos propone: “La felicidad es algo que se elige; también el optimismo se elige, de la misma manera que la amabilidad, la generosidad y el respeto. Cualquiera que sea lo que escojas, escoge con sabiduría”.

Yo estoy de acuerdo con él, pues a todos se nos ha concedido la libertad de escoger entre el espacio del lamento y el espacio de lo posible. Quienes deciden encerrarse en el espacio del lamento cultivan la pesadilla de su propia desgracia, a diferencia de aquellos que optan por desplazarse en el espacio de lo posible, desde el que disfrutan preguntarse: ¿cuántas bendiciones más puedo incorporar a mi vida?

Como se nos enseñó en primaria, las vacas son animales rumiantes, puesto que regurgitan el alimento previamente digerido para volver a masticarlo. Inspirada en los semovientes, la educadora universitaria Susan Nolen-Hoeksema acuñó el término “rumiación mental” para referirse a los pensamientos repetitivos de aquellos que se lamentan una y otra vez de su infortunio en vez de labrar la felicidad que siempre ha estado a su alcance. Por lo tanto, al rumiador mental le resulta más fácil recluirse en el calabozo de la queja que empeñarse en recuperar la paz y la felicidad añoradas.

En “Mindfulness para la felicidad”, Ruth Bauer afirma que a los rumiadores mentales les encantan las predicciones pesimistas, ya que les quedan perfectamente claras todas las cosas que saldrán mal si se atreven a cambiar el derrotero de su vida. De lo que no se dan cuenta es que no avanzan porque le han puesto el freno de mano a su iniciativa. “Cuando las personas tratan de evitar algo que podría hacerles daño -apunta-, sus vidas se constriñen gravemente, y la felicidad y la vitalidad se secan”.

Por el contrario, habitar en el espacio de lo posible es mantener abierta la ventana de aquello que a uno le gustaría alcanzar. Así, pues, en vez de centrarte en aquello que deseas evitar (depresión, ansiedad, miseria), piensa en lo que harías si ya no estuvieras sufriendo y visualízate haciéndolo: quererte más y querer más a los demás, ser más exitoso, tener más amigos o desarrollar nuevas competencias, entre muchas otras posibilidades.

Habitar el espacio de lo posible me ha abierto, en lo personal, el camino para no dejar de hacer cosas en cada una de mis etapas de vida, pues siempre me pregunto qué más podría hacer, cómo me divertiría haciéndolo y de qué manera podría contribuir al bienestar propio y de aquellos a mi alrededor.

De otra manera, difícilmente podría haber sido quien soy ahora. No habría estudiado una maestría, ni un doctorado, ni hubiera conocido a la mujer de mi vida en tierras extranjeras. No habría prestado mis servicios docentes en seis universidades nacionales y una extranjera, ni habría ofrecido mis servicios como consultor, ‘coach’ y facilitador a más de 60 organizaciones públicas y privadas. No hubiera escrito 724 colaboraciones periodísticas (como esta) en mis tiempos libres -al ritmo de una por semana- en los últimos 16 años y no colaboraría en una revista de circulación nacional desde hace dos años.

Así, pues, cuando propongo habitar el espacio de lo posible es porque en él he estado -o he procurado estar- toda mi vida. No soy rico, ni poderoso, pero, la verdad, no lo cambiaría por nada.