Libertad para morir

Continuamos con el “puente” más largo en la historia de México, el “Primavera-Invierno”, pues el “Guadalupe-Reyes” ha quedado corto y este solo servirá para prolongar el ya tan cansado confinamiento obligatorio por la pandemia. Muchas fiestas, celebraciones y conmemoraciones sociales y familiares han quedado en segundo plano, pues lo importante es mantener la salud y preservar la vida. Sin embargo, muchas personas han sido omisas de las advertencias y recomendaciones de gran parte de la ciudadanía y de las autoridades de salud. Han asumido, silenciosamente, una protesta social para exigir plena libertad para elegir la manera de morir. No me refiero a los suicidas, saciados de la vida o excluidos de su bienestar psicológico; tampoco me refiero a los enfermos terminales que, en su estado moribundo, suplican por detener sus dolores físicos y sufrimiento emocional, y que legalmente, se les ha prohibido adelantar su termino de vida; me refiero, sí, a los jóvenes y adultos que se sienten inmortales, temerosos de asumir una misma imagen generalizada, o que se asumen como fieles seguidores de la Santa Muerte que, aunque cuida, también lleva. Quizás ellas no saben que hoy en día la despedida de la vida no tiene los cuidados adecuados, ni se dan cuenta del sufrimiento y miedo que dejan a los supervivientes y que la palabra muerte incrementó el porcentaje de pensamientos en los habitantes, no solo de México sino del mundo entero.
Las más de 71 mil muertes por Covid-19 en México tienen nombre de actividad cotidiana. La Dirección General de Epidemiología (DGE) reporta que quienes se ocupan en el hogar representan el mayor porcentaje de los fallecidos (más de 17 mil personas); quienes se emplean fuera de él representan el segundo lugar, con 15.4 por ciento (más de 10 mil personas). El reporte también refiere que casi 11 mil 500 corresponden a jubilados o pensionados (que es el grupo mayoritario de 60 años de edad o más), y que los profesionistas de diversas ramas ascienden a casi 11 mil. Los desempleados, ya sea que se queden en casa por falta de oportunidades o se la pasen de un lugar a otro, en búsqueda de una actividad remunerada, han tenido doble mala suerte, pues representan una cifra de 1 mil 500 fallecidos. Entre los obreros y campesinos alcanzan un 5.5 por ciento (3 mil 700 personas) y el personal de salud (1 mil 500), un 2.1 por ciento. Y quienes en menor porcentaje de fallecimientos tenemos a los maestros (600), con 0.9 por ciento, y estudiantes (181), con 0.3 por ciento.
Aunque estar en casa implica un riesgo de muerte, el número de sus contagiados no es el mayor (15.5 por ciento con 100 mil personas), sino que lo es en aquellos que son empleados fuera de ella, pues estos representan el 25.5 por ciento (165 mil personas). De los contagiados, los menores son gerentes o propietarios de empresa o negocio (0.5 por ciento), quizás por los cuidados que toman o el poco contacto que tienen con empleados y trabajadores. El reporte de la DGE, hasta el 7 de septiembre, fue publicado recientemente por algunos medios de comunicación, «La Jornada», entre ellos.
El dilema es: ¿salir a buscar la muerte por Covid-19 o esperar a que llegue a casa? Lo cierto es que la muerte ha devaluado su presencia, comparada con la gran cantidad de contagios sintomáticos y asintomáticos, pues ya es una cuestión de azar. Covid-19 no es sinónimo de muerte, es una cuestión de suerte. Pero si llega, tiene el riesgo de ser dolorosa y no digna.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC