Duelo por una madre

La conducta de mujeres y hombres no siempre es interpretada de forma similar por las miradas de la justicia, la religión, la ciencia o las creencias. Nosotros mismos, la percepción o representación de nuestra identidad, nos generan dificultades para ubicarla en el lugar adecuado de la realidad. Diría Freud: “somos vividos por fuerzas desconocidas e ingobernables”. El hecho de que una persona haya conservado el cuerpo sin vida de su madre en un refrigerador por más de cinco años ha generado asombro y curiosidad en la población y no se han hecho esperar las múltiples explicaciones. La ley argumenta una detención por actuar “contra el respeto a los muertos” o “uso inadecuado de cadáveres”; otras posturas refieren un estado de locura o de un feminicidio, y hasta se dice que se trató de un acto con fines de brujería. Lo conveniente y adecuado es conocer la versión del presunto responsable y responder a las cuestiones de cómo, por qué, para qué, y acreditar delito o no. Sin embargo, la curiosidad común y científica seguiría pendiente de los motivos verdaderos que quizá nunca sean descubiertos.
No hay acto similar en la historia criminológica en México. Sucesos similares los encontramos cuando algunos homicidas guardan el cadáver de su víctima en un refrigerador, en un tambo, en un clóset, en un muro o en el patio de su casa, pero con la finalidad de que no sea descubierto el crimen que cometieron. Generalmente, y eso es lo legal y culturalmente permitido, guardamos el cadáver de nuestros familiares fallecidos en un lugar público llamado panteón o cementerio. Lo más que conservamos de ellos son sus pertenencias y hace muchos años se podían tomar fotografías al lado del cuerpo difunto, ya sea en la cama, sentados o en su féretro. Las costumbres cambian, pero la manera de llevar un duelo siempre tiene algo de singularidad.
Sabemos que la muerte es un suceso vinculado con la vida, es universal y necesaria, y a pesar de ser indeterminable solo tendremos una sola muerte y no es posible volver a la vida después de ella. Entender lo anterior no significa que lo aceptemos. Nos podemos negar a morir o que otros lo hagan. Esto participa de manera importante en las tareas de duelo que deben llevarnos a aceptar la muerte de otros y colocar a los fallecidos en el lugar físico que corresponde y en nuestra mente a manera de recuerdo. Así viviremos mejor la vida, con respeto y amorosidad por las personas que ya no están junto a nosotros. Sin embargo, la naturaleza pulsional de nuestra mente, que nos lleva de retorno a lo inorgánico, nos recuerda que ningún ser particular puede vivir eternamente y que solo podemos conservar y disfrutar de ciertos detalles de quienes fallecen, como su legado, su historia o, inconvenientemente, como una omnipotente fantasía de que la persona fallecida está en el interior de nuestro cuerpo y por ello actuemos literalmente como ella.
Resulta curioso cómo los habitantes del poblado de Toraja (isla de Célebes, Indonesia) conviven con sus muertos en sus hogares durante muchos años, como si estuvieran vivos, para mantener una conexión emocional y espiritual con ellos. Una madre anciana, fallecida, puede estar recostada en un sillón y sus hijos y visitantes pueden acercarse para saludarla, acicalarla y dirigirle algunos monólogos. “¿Cómo está la señora?”, “sigue enferma y está dormida”, responden los hijos. Su tradición es de siglos y aunque existe el funeral, este puede tardar meses o años en llevarse a cabo.
El duelo por una persona tiene la suficiente capacidad de desorganización y afecta el mundo interno del doliente, mucho más cuando ha sido internalizado significativamente, como es el caso de las figuras parentales. Los profundos procesos elaborativos pueden traer importantes transformaciones de la personalidad y cambiar la forma de relacionar el mundo interno con el mundo externo.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC