Marrullerías…

Una persona marrullera es aquella que recurre, según la Real Academia de la Lengua (RAE), a la “Astucia tramposa o de mala intención”… es aquella que busca obtener un beneficio, mediante el engaño, el disimulo y la persuasión.

Y esta parece ser una de las características -lamentablemente- del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador; no hay otra manera de interpretar muchas de sus acciones.

Por ejemplo, sin mayor empacho, el astuto tabasqueño aseguró una vez más -en el spot que grabó a bordo del avión presidencial, y que fue difundido la semana pasada en sus redes sociales e incluso en la mañanera- que la aeronave sería rifada… cuando eso es una mentira porque en ese sorteo de la Lotería Nacional, lo que habrá son 100 premios de 20 millones de pesos cada uno; no la aeronave.

En realidad se trata de una coperacha que el presidente ideó para obtener más recursos y destinarlos -aseguró- a la compra de equipo médico y a hospitales; un sorteo que hasta el pasado 11 de agosto registraba tan solo la venta del 33.73 por ciento del total de los 6 millones de cachitos disponibles.

“Yo me veo pequeño, pero no estoy acomplejado; soy republicano. El poder es humildad estos parecían reyes, miren los lujos que se daban habiendo tanta pobreza; esto es un insulto. Este avión lo vamos a rifar el 15 de septiembre, y lo que se obtenga se va a utilizar para comprar equipo médico y atender al pueblo. Compra tu cachito, hagamos historia”… aseguró, sin embargo, mientras realizaba un recorrido para exhibir su fastuosidad.

Es pues una mentira, pero ese avión representa un símbolo al cual puede sacarle muy buena raja política… al igual que a la consulta popular para ver si se juzga o no a los expresidentes; porque en este último caso, él debería saber que la actuación de la Fiscalía General de la República no depende de las opiniones -mayoritarias o no- de quienes participen en una consulta, sino de que se cumpla con lo ordenado por el artículo 16 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos… y esto hay que repetirlo cuántas veces sea necesario.

Por ello, López Obrador tima a sus seguidores al hacerles creer que si el resultado de una eventual consulta -en caso de que la Suprema Corte de Justicia diera su visto bueno- fuera el que sí se enjuiciara a los expresidentes neoliberales, ello implicaría un mandato para que el fiscal procediera, un juez emitiera órdenes de aprehensión y -peor aún- se dictara una sentencia condenatoria en su contra; es decir, se equivocan quienes crean que con votar a favor de que se les procese, estos acabarán en la cárcel.

Incluso, si la decisión del pueblo bueno y sabio fuera el no someterlos a un proceso, esto no impediría a las autoridades competentes investigar los hechos delictivos y la probable vinculación de los exmandatarios, si hubiera elementos suficientes para ello. De hecho, de contar con elementos, ¿qué espera la Fiscalía para cumplir con sus obligaciones?

Ahora bien, si por la mente del señor presidente -o de sus seguidores- cruza la idea de que el pueblo pudiera adjudicarse facultades de procuración y administración de justicia, entonces se rompería el orden constitucional de forma escandalosa… porque el único camino -en este momento- para resolver este embrollo, es el judicial.

Así las cosas, sus declaraciones ambiguas y tramposas son solo marrullerías de un juego político que lo hacen ver muy muy pequeño… aunque no se pare junto al avión presidencial.