Tapabocas para el cubrebocas

No dudo que un buen regalo de Navidad sea una colección de buenos cubrebocas. Es el objeto más deseado, exigido y desairado en la actualidad cuyo uso es disminuir el contagio del Sars-Cov2 o coronavirus o Covid-19, como usted quiera llamarlo o lo conozca.
Recordemos que la probabilidad de contagio y muerte por Covid-19 dependen de la capacidad de asumir un aislamiento ideal, de la reducción del contacto humano, del aseo de manos y uso de cubrebosas, pero también de las condiciones económicas, educativas y de salud en la persona, de la calidad del sistema de salud al que acude y de su nivel de conciencia para pedir ayuda. Es una responsabilidad de condiciones internas y factores externos. Contrario a la autoprotección, son las actitudes irresponsables con las que las personas se desenvuelven en la vida: desafiantes, retadoras, oposicionistas, desinteresadas, angustiantes, rebeldes o ignorantes.
Ante el cubrebocas, los mexicanos -incluyo a muchos queretanos- han generado confusión en su uso adecuado y en la percepción cognitiva y emocional. Para muchos es un “tapabocas” y para otros un foco de infección o una prohibición que coarta las libertades humanas. Por una parte, las medidas de seguridad no siempre tienen efectos positivos deseables, pues el uso de mascarillas nos hace sentirnos seguros y cómodos cuando estamos fuera de casa, ante otras personas, pero se puede caer en una falta de confianza y confrontar nuestras creencias e hipótesis. Las personas creen en lo que quieren creer o en lo que les hacen creer, pero también saben en lo que quieren saber. Este sesgo de confirmación, tal como sucede con el estar de acuerdo con el “no fumar”, “el utilizar el puente peatonal”, “ponerse el cinturón de seguridad en el auto”, pagar impuestos, llegar puntual a una cita o nuestra opinión sobre el cambio climático, nos puede hacer sentir más seguros de lo que realmente pensamos. Puede provocar una falsa sensación de seguridad y rechazar dichas posturas.
La polémica del uso o no del cubrebocas está enmarcada por muchos otros dilemas ocasionados por los contrastes que ha generado la pandemia. La economía, la educación y la salud física y mental han mostrado grandes desigualdades sociales y confrontación de ideas entre los sectores de la población, no solo entre gobierno y partidos políticos, sino entre los académicos, los científicos, religiosos y la población general; entre los profesionales y los charlatanes, entre la juventud y la madurez.
Después de la controversia del origen del coronavirus, vino la confrontación por el confinamiento preventivo, voluntario y obligatorio, que trajo reacciones emocionales desagradables y un dilema en cuanto al respeto al derecho y las libertades humanas. Ahora la polémica, que habrá de durar mucho más tiempo, se ha centrado fundamentalmente en usar o no el cubrebocas. Será una lucha entre creencias y saberes. No creemos en los riesgos o peligros de una situación hasta no verlo o sentirlo personalmente. Así, cada persona, conociendo de sí mismo las causas de su pensamiento o creencia, podrá modificar su conducta. La prohibición y la información masiva no es la solución, pero se puede intentar educar a la población para romper prejuicios y malos hábitos.
La responsabilidad social, en su mayoría, ha fracasado y hay que asumir las consecuencias. Solo espero que las autoridades protejan los intereses de las familias más vulnerables, y que implementen estrategias de contención ante las nuevas desigualdades, priorizando la recuperación económica y la calidad educativa. Considero importante clarificar las nuevas disposiciones legales sin que estas transgredan las libertades individuales.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC y Psicólogo Clínico adscrito al Hospital General del IMSS-Querétaro.