La mujer emparedada

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La leyenda del cronista emérito de San Juan del Río, José Velázquez Quintanar, cuenta que el coronel Vicente Cuevas Sánchez regresó de la Batalla de Puebla, en la que participó con el grado de mayor de caballería.

Años después, ya con el grado de coronel, se trajo a su esposa Emilia y, tras acomodarse en “La casa de la Bugambilia”, se volvieron indispensables a cuanta reunión de sociedad había e hicieron muchas amistades.

Tras una ausencia por trabajo en las ciudades de Toluca y Morelia, dejó sola a su esposa por ese tiempo, dándose cuenta que le ponía “los cuernos”, pues a su regreso improvisado comprobó que, amparado por la oscuridad, había un sujeto que entraba a su casa, por lo cual tomó la decisión de cobrar cuentas y honor.

“Esa noche se escucharon dos balazos, pero los vecinos nunca supieron el motivo, pues solo se supo que el coronel había ocupado un albañil para hacer algún trabajo”, relata el historiador.

Pasaron los días y el coronel seguía llegando a su casa como de costumbre. Se le veía solo y a las amistades que preguntaban por Emilita les explicaba que le había trasladado a Morelia, ciudad a la que él finalmente se mudó.

La familia Macotela volvió a rentar el inmueble por dos o tres generaciones y Emilia pasó al olvido, solo para que 80 años después, ya que todo era más moderno, decidiera dividir la casa en dos, como muchas casas del Centro Histórico, en cuyo proceso fue encontrado, entre pared y pared, un esqueleto que pendía de un mecate amarrado a una fuerte Alcayata, cubierto con vestido de mujer de moda del siglo pasado.

“Hurgando entre los restos, se encontró un trozo de amarillento papel en donde se adivinaban unas frases que decían: “Emilita, te he querido como a nadie, pero por pérfida, te dejo aquí para siempre. Ahí estaba la mujer emparedada”, dice.

Nunca se supo quién fue aquel sujeto amante que oyeron los vecinos correr por los tejados y, de vez en cuando, se replican sonidos de balazos, se oyen pisadas en los techos y llantos en la oscuridad.

Foto: Museo de Cera de Tijuana, B.C.

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