El síndrome del jarrito de Tlaquepaque

Cuando decimos que alguien está “de mírame y no me toques”, es porque no le puedes decir nada sin que te lo tome a mal; en casos así, lo mejor es alejarse de él o ella hasta que recupere la tranquilidad y la concordia. Lo cierto es que todos tenemos momentos así, sobre todo cuando hemos tenido un mal día y no nos aguantamos ni nosotros mismos. El problema es cuando el «mírame y no me toques» se vuelve crónico y caemos en aquello que llamo “el síndrome del jarrito de Tlaquepaque”, caracterizado por la creencia errónea de que los demás se pusieron de acuerdo para fastidiarme el ego y dañarme la autoestima.

El aludido síndrome se nutre del egocentrismo. Un individuo egocéntrico concede una exagerada importancia a sus intereses, de manera tal que no solo los antepone a los de sus semejantes, sino que también los impone. Como no se siente tomado en cuenta, opta por hacerse la víctima y acaba culpando al resto del mundo por su infelicidad. Peor aún, de acuerdo con el Dr. Michael McGee, especialista en el tratamiento de adicciones, “el egocentrismo se encuentra enraizado en muchas enfermedades psiquiátricas, incluyendo la adicción, los trastornos de personalidad, los trastornos de ansiedad y la depresión”.

En la misma tónica, Mark Leary argumenta en la revista “Psychology Today” que prácticamente todos los comportamientos antisociales se originan en la desconexión individualizante que priva en la sociedad moderna: “Después de 40 años de investigar la naturaleza humana, he llegado a la conclusión de que la mayoría de los problemas serios creados por la gente se encuentran arraigados en la preocupación excesiva por uno mismo”. Si nos detenemos a pensar en los conflictos políticos, religiosos y culturales, nos daremos cuenta de que estos tienen un elemento en común: el convencimiento de que lo que nosotros creemos es superior a cualquier cosa en la que crean ustedes. De ahí que los convirtamos en rivales e incluso en enemigos.

Leary pone en la mesa tres propuestas para salir del atolladero. O, para decirlo en mis términos, para dejar de ser jarritos de Tlaquepaque:
Mantener nuestro egocentrismo a raya. Si tan solo dejásemos de lado la conmiseración por nosotros mismos, aumentaría instantáneamente nuestra calidad de vida. James Gordon, director de The Center for Mind-Body Medicine, se muestra convencido de que es parte de nuestra naturaleza la capacidad de crear lazos colectivos. Es decir, la habilidad de reconocernos como seres solidarios y sociales, en sintonía con la creación universal.

Labrarnos una identidad diferente. Hemos comprado la idea de que nuestra identidad personal, o sectaria, es más importante que todo aquello que nos une como seres humanos, lo cual es un craso error, pues identidad proviene del latín ‘identitas’, que significa “lo mismo”. Así pues, en vez de sentir que no somos como los otros, deberíamos empezar a sentir que somos con los otros.

Involucrarnos en el quehacer colectivo. Es menester dejar atrás la arrogancia y la altanería para incursionar en el terreno de la solidaridad, la abnegación y el desprendimiento. O, como dirían los místicos, reconocer que todos somos gotas de un mismo océano.