El presidente se equivoca y nosotros también

Hace días hacía referencia, en redes sociales, sobre el dedicarse a los deportes extremos, de alto riesgo, y en una imagen aparecía una respuesta que se leía: sí, a dar mi opinión. ¿Cuántos de nosotros no hemos caído en la desgracia de cuando opinamos sobre algún tema polémico como religión, política, deportes o filosofía, nos vemos cuestionados y criticados por las ideas que asumimos? En lo personal, el tema de género me resulta complicado de abordar, ya que cuando lo hago, no tengo argumentos contrarios al pensar de los demás, situación que me pone en una posición vulnerable. Soy totalmente criticado. Independientemente de pasar un momento incómodo, el asunto es saber quién puede estar equivocado o quién tiene más razón que el otro, trátese de una persona desconocida, amistad cercana o familiar.

Espero que esta no sea la última colaboración de prensa que realizo, pues se me ha dicho que la psicología trata de asuntos privados, individuales, y nada que hacer con los asuntos públicos que conciernen a todo mundo. ¿Qué hace que nos metamos en polémicas o cómo convivir con personas que les gusta asumir “la contraria” en todos los temas? ¿Será el presidente de México, el señor Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ejemplo idóneo del tema de la presente columna?

Cuando se le cuestiona por sus acciones y opiniones, pretendiendo que AMLO modifique tal o cual postura, generalmente se asumen actitudes de atacarlo o de ridiculizarlo, a lo que él responde de manera defensiva, sin analizar profundamente nuestros argumentos. Igual pasa con los adversarios: suelen no dar importancia ni analizan a fondo su postura. Por una parte, porque “no somos iguales”; él es del pueblo, de un sector diferente del pueblo, porque este tiene diferentes clases: los que piensan y los que no, los ricos y los pobres… y los de extrema pobreza. Nadie piensa y valora las cosas de igual manera. Tratar de convencer a otra persona para que piense diferente implica ponerla en una posición de “equivocado, contrario o tonto”. Cuando AMLO habla, es importante escuchar sus palabras, su discurso, su entonación y su lenguaje corporal para darnos cuenta de las intenciones de su mensaje. Sabemos que el miedo genera amenazas y la sensación de pérdida de control implica olvidos, equivocaciones y exageraciones. El sentido de realidad es confuso y solo atinamos a responder con información falsa.

En edades tempranas se aprende a disfrutar el hacer enojar a otros, a ridiculizar a compañeros de clase, y no tanto por la víctima, sino por ganar un lugar de protagonismo social ante el resto de los compañeros.

AMLO habla, preferentemente, en positivo, como suele ser característico de los gobernantes. Esto ha sido siempre. Cuando la situación económica suele ir mal, “estamos mejorando paulatinamente”. Siempre que queramos la aprobación y aceptación social, tenemos que hablar de lo bien que estamos y reforzarnos cada vez que podamos. Si el pueblo u otras personas hablan en un sentido negativo, hablarles de aspectos positivos beneficia a los demás y a uno mismo. A un presidente siempre habrá algo que cuestionarle y muy pocas veces, o nunca, escucharemos una disculpa o que acepte que se equivocó.

Yo solo espero que exista el momento oportuno, en privado, presumiblemente cara a cara, para enterarle de algunas preguntas que los psicólogos queremos hacerle, no en el sentido clínico terapéutico, sino para entender qué es lo que lo estresa de su función como primer mandatario y si sufre por responder como lo hace ante el resentimiento de un porcentaje importante del pueblo.

* Presidente del Colegio Estatal de Psicólogos de Querétaro, AC