Un nuevo Obispo, en una nueva normalidad…

“Los sacerdotes no somos ángeles, somos hombres de carne y hueso, con muchas limitaciones”; declaró el pasado 12 de septiembre ─en rueda de prensa─ Monseñor Fidencio López Plaza, tras haber sido difundida la noticia de su nombramiento por parte del Papa Francisco, como el décimo Obispo de la Diócesis de Querétaro; casi un año después de haber designado Arzobispo de Durango a Faustino Armendáriz Jiménez.

El hasta ahora Obispo de San Andrés Tuxtla, Veracruz, nacido “aquí nomás tras lomita” en San José Iturbide, Guanajuato, surgió de la Diócesis y es recordado en Querétaro ─a su paso por la Parroquia de las Bienaventuranzas, en Menchaca, y en la Parroquia del Misterio de Pentecostés, en la colonia El Marqués─ como un hombre sencillo, que incluso pisó las aulas de la Universidad Autónoma de Querétaro, como bachiller y para cursar un posgrado en Desarrollo Comunitario.

Ante los reporteros ─a quienes por cierto dijo: “cada que veo un periodista me imagino a un ángel, porque los ángeles son los encargados de llevar las noticias del cielo al suelo, con toda la implicación que esto contiene; así que les agradezco su presencia y espero que sean mensajeros del cielo al suelo”─ subrayó que la noticia le llegó “en momentos marcados por la crisis sanitaria, por la crisis económica y por la crisis sociocultural que estamos viviendo”.

Y ¡cuánta razón tiene acerca de la nueva normalidad en la que hoy nos tiene la pandemia del SARS-CoV-2!; una realidad descrita magistralmente por el propio Papa Francisco, el 27 de marzo durante la bendición especial Urbi et Orbi: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”.

Por ello, en medio de la tempestad, ojalá que el nuevo obispo de Querétaro permanezca más cerca del pueblo y más lejos de la clase política, que su antecesor; más lejos de la parafernalia de la jerarquía eclesiástica, y más sensible a las necesidades de los vulnerables y de quienes viven en el desánimo; más distante de las buenas cenas y los vinos caros…

Ojalá que el nuevo obispo de Querétaro imparta bendiciones, no desde un helicóptero oficial, sino a ras de tierra; mirando el dolor en el rostro de los desvalidos…

Ojalá que el nuevo Obispo de Querétaro desista del proyecto de erigir una nueva catedral en Querétaro… porque no hacen falta más iglesias, sino prelados más empáticos.

Ojalá que el nuevo Obispo de Querétaro no se aparte de su misión permanente de visita pastoral, porque hoy las condiciones requieren de un líder que libere de Instagram y Tik Tok a una generación de cristal que subsiste en una sociedad líquida…

Ojalá que el nuevo Obispo de Querétaro se mantenga fiel a sus palabras en esa la rueda de prensa: “Dice el Papa: el obispo tiene que ir adelante para enseñar el camino y defender a sus ovejas, en medio para buscar la comunión y atrás para cargar a los débiles…”