Síndrome de la cabaña

Seguimos siendo personas preocupadas. Es natural y necesario. Ante circunstancias adversas o peligrosas, es importante sentir un poco de inquietud, ya que nuestros procesos cognoscitivos nos llevarán a estructurar ideas y razonamientos para afrontarlas y tomar decisiones deseablemente correctas. Sin embargo, nuestras emociones y respuestas fisiológicas también participan en estos eventos de diversas maneras, muchas veces desagradables, que harán que incrementemos los signos de inquietud hasta una preocupación, y quizá luego sentirla como ansiedad o hasta como una angustia, lo que hará que nos desorganicemos de manera general.

Seguimos en etapa de contingencia por la ya conocida y multinombrada “pandemia por el coronavirus”. Muchas personas no han durado ni tres días resguardadas en su casa; para otras, la nueva normalidad ha sido la normalidad de siempre; y casi todos podemos identificar a una persona que no ha pisado un metro fuera de casa en meses (cuatro meses, para ser casi exacto). Muchas de ellas se han habituado al “encierro voluntario”, no han querido salir en ningún momento que ahora, menores o adultos, podrían estar viviendo lo que han dado en llamar “síndrome de la cabaña”.

Las personas que no quieren salir de casa pueden tener su decisión sustentada en motivaciones de miedo o temor a encontrar fuera de ella la misma amenaza que los llevó al confinamiento; a realizar el ritual de protección estando en la calle, en un lugar público y al momento de regresar a casa. Parece que ya es posible salir, aunque no existan las condiciones óptimas para ello, pero puede haber alguna necesidad como el acudir a una revisión médica, a una rehabilitación, a una actividad, trabajar fuera de casa o simplemente a realizar compras de accesorios personales, y la persona es renuente a salir de casa. Hay una negación total.

Las personas se justifican con el confort de estar en casa, que es un lugar seguro, tranquilo y protegido; y cuando aparece la necesidad de salir de ella, van generando ansiedad, evitación e irritabilidad, sobre todo entre las personas adultas mayores, menores o en quienes han pasado en soledad la cuarentena por el hecho de no tener personas conocidas en su escenario social cotidiano. Su sintomatología es como la ansiedad y eso mismo es justificación para decidir no salir de casa.

Habría que diferenciar el “síndrome de la cabaña” del fenómeno llamado “hikikomori”, el cual se aplica a las personas que por voluntad propia han decidido apartarse de la vida social por completo. En este fenómeno ubicamos a personas adolescentes que se la pasan encerradas en su habitación durante mucho tiempo y evitan el contacto con familiares y amigos conocidos de tiempo atrás. En ocasiones pueden comer, jugar, asearse y estar fuera de la habitación, pero esto es por muy poco tiempo. Generalmente eligen su cuarto para realizar muchas actividades familiares. La ansiedad exagerada y características de hipocondría se presentan muy a menudo.

Para enfrentar el “síndrome de la cabaña” no hay otra que salir de casa, con todo y las ansiedades que esto provoca, hay que vivirla. El proceso es paulatino, gradual y regulado. Es necesario darse cuenta de que los beneficios de estar fuera de casa no solo consiste en atender compromisos, sino en disfrutar del aire, el sol, el bullicio y la contemplación de muchos escenarios. Se trata de mantener una sana distancia y las medidas de protección, pero no el olvidarnos de que la vida también está fuera de casa.